El cuento del puzle

Este es un cuento de un niño muy listo, muy listo que tenía unos papás muy sabios, muy sabios. Me preguntaréis por qué repito las palabras listo y sabios; pues para que admiréis lo listo y sabios que eran los tres. No es lo mismo ser sabio que listo. ¿Qué preferís? A ver: que responda el más listo de los que me estáis leyendo; y ahora: que responda el más sabio. ¿Hay uno de vosotros que sea las dos cosas a la vez, listo y sabio? Si es así, felicidades, pero…

El niño del cuento tenía un hermano pequeño del que no se sabía todavía si iba a ser tan listo como su hermano mayor o tan sabio como sus papás. No hablaba todavía con fluidez. En general decía frases cortas. Eso sí, se fijaba en todo. Le gustaban mucho los rompecabezas. No había rompecabezas que se le resistiera: de 8, 16, 32, 64 hasta 1024 piezas, por lo que había quienes pensaban que iba a ser muy listo, como su hermano mayor, sin embargo su afición a pasar las hojas de la enciclopedia de la casa apuntaba a que iba a ser muy sabio como sus papás. En esa época no había internet, ni móviles, ni ningún otro dispositivo electrónico.

Todo empezó por una pregunta del niño mayor a su papá:

—¿De dónde venimos mi hermanito y yo?

—De los papás, claro.

—¿Y los papás?

—De los abuelos.

—¿Y los abuelos?

—De los bisabuelos.

—¿Y los bisabuelos?

—Bueno, hijo. Ya vale. Y así sucesivamente.

—Pero tiene que haber unos primeros— afirmó muy serio el niño mayor.

—Claro: la primera pareja, Adán y Eva— respondió con seguridad la madre, que hasta este momento había permanecido escuchando sin intervenir.

Mientras tanto, el pequeño seguía con su puzle, como le gustaba llamar al rompecabezas en las pocas ocasiones que decía algo.

—Y ¿quién ha hecho a Adán y Eva? —siguió preguntando el niño mayor.

Y entonces fue cuando el pequeño no pudo aguantar más, mostrando el rompecabezas terminado:

—¡Dios creó a Adán y Eva! —dijo con fuerza—. ¿Creéis que mi puzle se ha terminado por azar? Pues no. He sido yo.

Y pasó el hermano menor a resolver un nuevo rompecabezas del doble de piezas, mientras el mayor decía a sus padres con enorme admiración:

—¡Qué listo y sabio es el pequeñajo!

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