El décimo

Todos los años, por las fiestas navideñas antes del 22 de diciembre, Pedro recibía, junto con la felicitación de Navidad, un décimo de Lotería que agradecía sinceramente. Si fuera por él, no jugaría nunca. La probabilidad de ganar la veía tan pequeña que paralizaba cualquier decisión suya de comprar un billete, por poca que fuera la cantidad.

Tarjeta y billete procedían de una familia amiga que gustaba probar fortuna, al tiempo que intentaba hacer partícipes de su misma suerte a amigos y conocidos.

Nunca le tocó un premio importante. A lo sumo uno pequeño, y en ocasiones la pedrea. No podía negar que le habría hecho ilusión conseguir “un buen pellizco”, como se suele decir, mas solía comentar que mayor ilusión le hacía no tanto ganar él como que ganara la familia amiga que jugaba al mismo número.

Sin embargo, se entusiasmaba cada año viendo por televisión la cara de felicidad de los agraciados con los primeros premios; la alegría de los niños y niñas que tenían la suerte de cantarlos; las declaraciones públicas de los afortunados de a qué iban a destinar el dinero.

Unos afirmaban que “para tapar agujeros”, sin especificar cuáles, mientras que otros concretaban sus ilusiones en la compra de un piso, o en la de un nuevo coche, o en un viaje con toda la familia… hasta un largo etcétera.

Ya se ve que Pedro vibraba con la alegría desbordante, también la de quienes como él no recibían ningún premio relevante, pero estaban contentos con la felicidad de los demás.

De vez en cuando le asaltaba a la mente la siguiente pregunta: “Tantos años jugando… ¿Por qué no nos toca un primer premio?”.

La respuesta más frecuente le llegaba casi de inmediato: “Será porque no nos conviene”. Y a continuación: “¿Sabría yo, al menos, disponer bien del premio?”. Y aún más: “¿No es mejor que se lleven los premios importantes quienes verdaderamente los necesitan?”. Este último razonamiento ponía fin a la cuestión y se quedaba totalmente tranquilo.

Pero un buen día, pasado el sorteo, se encontró por la calle de casualidad con lo que parecía ser un décimo extraviado. Estaba medio escondido, como incrustado en un seto que separaba el jardín de una casa de la acera por la que caminaba. Instintivamente lo tomó, leyó la numeración y mediante su móvil averiguó fácilmente que estaba premiado con una cantidad nada despreciable. “No es mío ―pensó―. Hay que encontrar cuanto antes al propietario. ¡Menudo disgusto tendrá! Pero, ¿cómo hallarlo?”.

Empezó a mirar con detenimiento el billete por si hubiera una marca externa o alguna indicación escrita. Y la encontró en el anverso. A lápiz, con trazo firme, se podía leer un texto que sólo podría conocer quien fuera el verdadero dueño del billete.

Se dirigió a la Policía Municipal más cercana y explicó lo sucedido. Les encareció que si alguien preguntaba por el décimo perdido le interrogaran, no sólo sobre el número, sino también sobre lo que había escrito en el décimo.

Al cabo de unos días recibió una llamada para que se personara en las dependencias de la Policía Municipal. Pensó que alguien habría denunciado la pérdida del décimo premiado, reclamando el que él dejó en depósito. Estaba en lo cierto.

La joven policía del mostrador contó que la tarde anterior había llegado un señor mayor afirmando que ese décimo era suyo; y lo era, pues declaró no solo la numeración sino la frase que figuraba a lápiz en el anverso, y que decía textualmente: “Para las Hermanitas de la Caridad”.

Además, ese señor le dijo a ella —después de guardarse bien el décimo y entregarle un sobre— que “ese sobre lo tenía preparado para la persona que había encontrado y entregado el décimo”.

Pedro recibió el sobre, lo abrió con rapidez y extrajo de su interior una carta doblada de agradecimiento y, dentro de ella, un décimo, de la misma serie y número que el décimo extraviado. Sin pensarlo ni un segundo, Pedro pidió un lápiz a la joven policía del mostrador.

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