Diálogo entre dos bombillas

La imaginación se va en esta ocasión a una fábrica de bombillas. Las hay desde muy antiguas, como las Edison incandescentes, hasta las actuales Led, con todas sus variantes: profesionales, decorativas, inteligentes…

Es frecuente que quienes van a las tiendas y compran bombillas Led lleven consigo las antiguas incandescentes usadas y las dejen allí para que hagan con ellas lo que quieran. Las tiendas las reenvían a la fábrica central. Y ésta, a su vez, se las devuelve para ponerlas de nuevo en venta, con la indicación de que ya han sido usadas, por lo que deben ser vendidas a un precio ridículo.

La Dirección de la Compañía se plantea eliminar la venta de esas bombillas antiguas usadas. Solo un miembro del Consejo de Administración apuesta por ellas, acudiendo al argumento de que están de moda los vintage y sobre todo “que las personas con problemas económicos se sentirán aliviadas por los precios tan bajos”. Pero los demás no le apoyan. “Es la época de las Led”, dice uno. “Estamos en el comienzo del tercer milenio”, apostilla otro. “Es un error vender bombillas de última generación junto con bombillas antiguas ya utilizadas”, dice finalmente un tercero.

El hecho es que se produce un corte de corriente en la fábrica y se paran dos cintas transportadoras que se cruzan: una que va retirando cajas con bombillas antiguas usadas para desechar y otra que va llevando cajas de bombillas Led, de ultimo diseño, para el almacén y posterior distribución.

El diálogo está a punto de comenzar. En el lugar del cruce, una de las bombillas antiguas se decide a hablar a las nuevas, que se hallan justo debajo de ella.

—Leds, ¡qué suerte tenéis! A vosotras os quiere todo el mundo. A nosotras sólo quienes no tienen suficientes medios económicos o poseen instalaciones muy antiguas. Sin embargo, pensándolo bien, nosotras damos calor y vosotras no.

» Esa bombilla incandescente que colgaba de un cable, decorada con una simple mampara, o enroscada en un portalámparas, hacía más por la unión de la familia —sentada en una mesa para comer o en la mesa camilla para calentarse— que cualquier Led actual de uso individual, orientable, que encierra a cada uno en lo suyo.

» “Que nadie me moleste”, piensan. Ni se dan cuenta de quién entra o sale de la sala donde están. Eso sí, la luz que dais es fantástica. Vuestra lámpara no quema. Se puede regular su intensidad e incluso gobernar con cualquier Smartphone.

—Ya has hablado suficiente—eso dijo uno de los Leds de la caja inferior, que no se pudo aguantar—. Estás anclada en el pasado. Nosotras somos el presente. Se acabaron esas bombillas que se fundían cada dos por tres. ¡Qué fácil era que se os rompiera el filamento! Además, teníais las horas contadas.

» También nosotras, es verdad, pero duramos mucho más. (O así debería ser…)—. En este punto la Led se quedó pensativa, lo que aprovechó la vieja bombilla para tomar de nuevo la palabra.

—Mira, apreciada Led. Yo no te he faltado al respeto. A vosotras sí que no os tienen ningún respeto. El más mínimo defecto de fabricación hace que el equipo de calidad destruya la naciente Led dañada. No le dan la oportunidad de “vivir”. No se les ocurre “curarla”. Ya sé que estoy hablando como los humanos, pero no he oído otra lengua en mi larga vida.

» La verdad es que tampoco a nosotras nos tienen gran respeto… Nosotras estamos yendo directamente al desecho, a pesar de lo mucho que hemos servido, de la luz que hemos dado a tantos. Alguien ha dado esa orden.

» Recuerdo la alegría inmensa que tuve cuando un niño pequeño acertó con el interruptor y se iluminó su pequeña habitación. Desvelado por la noche, no paraba de llorar a causa de la oscuridad, hasta que mi luz le tranquilizó y volvió a dormirse con una sonrisa.

En esto volvió la corriente. Se pusieron las cintas en movimiento. La de las bombillas viejas, curiosamente, en sentido contrario al que habían llevado hasta ahora.  Se ve que el presidente del Consejo de Administración había convencido a todo el Consejo para proseguir con la venta de esas bombillas usadas, pero a precio cero, e incluso donarlas a aquellas organizaciones de caridad que las solicitaran. Acababa de dar la orden ejecutiva.

Las viejas bombillas no se lo terminaban de creer por la inmensa alegría de poder seguir sirviendo.

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