Una verdad consoladora

Llovía a cántaros. Era una tarde de perros. Noviembre, el mes de las ánimas. Protegido bajo el paraguas, nuestro hombre buscaba el refugio más cercano. Lo encontró muy pronto en los soportales de la iglesia del pueblo. Había que entrar. El nivel del agua iba subiendo y amenazaba con cubrirle los zapatos. Empujó una de las dos puertas y se metió dentro, no sin antes agitar repetidas veces el empapado paraguas y meterlo en la bolsa de plástico que llevaba.

En el presbiterio reinaba la oscuridad. Tan solo lucían la lamparilla del Santísimo y las lámparas votivas de la imagen que presidía el retablo. El hombre cerró con cuidado el paraguas, lo dejó de pie —gracias a un pequeño colgador—, se arrodilló y se puso a rezar.

Una de las cosas que más le inquietaban era la suerte eterna de un familiar suyo, recientemente fallecido, del que conocía tanto su azarosa vida como su triste final. No desconocía, de la vida de Santa Teresa, las palabras que Jesús le dirigió en en una ocasión similar: “Teresa, ¿acaso no sabías que entre el puente y el río estaba Yo?”. Aunque esa historia le daba paz, no se la daba toda. ¿Qué le faltaba?

Al cabo de un breve lapso de tiempo oyó el chasquido de un interruptor. El retablo se iluminó. «Habrá sido el sacristán», pensó, mientras su estado de ánimo mejoraba al contemplar el bellísimo rostro de Nuestra Señora de la Esperanza.

La luz le permitía leer con claridad la inscripción que adornaba el sagrario: “Jesús es el mismo ayer, hoy y siempre”.

Volvió a poner su vista en la imagen central del retablo. Del rostro de la Virgen destacaban la dulce sonrisa y la mirada maternal. Un conocido escultor había dejado en la talla una muestra de su extraordinaria valía.

Sabía nuestro hombre que nada era casual. Que allí —donde se encontraba— debía estar el remedio a su falta de paz. «Pero, ¿de qué modo llegará?», se preguntaba.

En el banco de delante alguien había dejado olvidado un Catecismo de la Iglesia Católica. No dudó ni un instante en tomarlo y abrirlo por una página al azar, justo en el comienzo del punto 2606 que hacía referencia al fuerte gritó dado por Jesús en la cruz antes de expirar. Ahí pudo leer:

“Todas las angustias de la humanidad de todos los tiempos, esclava del pecado y de la muerte, todas las súplicas y las intercesiones de la historia de la salvación están recogidas en este grito del Verbo encarnado. He aquí que el Padre las acoge y, por encima de toda esperanza, las escucha al resucitar a su Hijo”. 

Nuestro hombre devolvió el libro a su lugar, después de reflexionar sin prisas sobre lo que acababa de leer. Se quedó fuertemente impresionado. Esa era la respuesta que buscaba: Jesús había recogido en el ayer de la cruz sus pobres oraciones, las que ahora él estaba haciendo por su pariente. Luego sus oraciones de ahora ¡valían muchísimo!

Se llenó de paz y decidió continuar rezando “por vivos y difuntos”, como recuerda la séptima obra de misericordia espiritual.

El ruido de unas llaves le advirtió que debía marcharse.

El sacristán apagó la luz del retablo mientras nuestro hombre se despedía del Santísimo y de Nuestra Señora de la Esperanza, enormemente agradecido.

Había dejado de llover. No se olvidó de recoger el paraguas.

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