El lector de partituras

 

Nos adentramos en una ciudad, famosa por su cultura musical. No es la única. El lector puede estar pensando en Viena, Praga, Salzburgo y se quedaría lejos del lugar donde transcurrió esta historia. En la urbe que nos interesa es muy alabado su Orfeón. En ocasiones sus actuaciones traspasan fronteras.  Rotativas de muy amplia difusión se hacen eco del buen hacer musical, que suele rayar la perfección, si es que alguna vez se ha logrado en la tierra.

Cuentan de un célebre pianista —no aporto aquí su nombre— que solía decir que no recordaba haber interpretado una sola pieza importante sin haber cometido algún error; eso sí, imperceptible para el gran público, en todo caso notado por él mismo, haciendo vano su deseo de alcanzar la gloria de Orfeo.

En la ciudad en la que se desarrolla este relato pululan los coros. Algunos muy buenos, de gran tradición, rivales del Orfeón, pero sin llegar a su misma altura.  El nivel general es francamente bueno.

Los coros de adultos son dinámicos. Entra gente joven y desaparece gente con un buen número de años sobre sus espaldas. Siempre están en formación. No se tiene en ellos el problema del cambio de voz, propio de los coros infantiles, pero con el paso del tiempo las sopranos y los tenores tienen dificultades con las voces agudas, al par que contraltos y bajos las tienen con las notas más graves. Falla la potencia y la capacidad de sostener una nota largo tiempo. Además, quienes fueran solistas tienen que ceder el paso a voces más jóvenes y frescas.

Pues bien, uno de los coros tenía un director muy exigente. No toleraba que nadie cantara con él si no dominaba el arte de leer partituras. El casting consistía en que los candidatos cantaran, sin estudio previo, una canción elegida al azar, con una voz que correspondía a la tesitura del candidato o candidata. Les entregaba él la partitura y… a cantar. El director valoraba en mucho el llamado oído musical absoluto, esto es, la capacidad que tienen algunos de cantar a capela las notas, pero en su altura correcta, sin desafinar lo más mínimo.

Y este era el caso de Ekain en su prueba: un candidato que cantó con oído absoluto una difícil melodía para tenor, de una rara canción desconocida para muchos menos para él. Se trataba de una antigua obra vasca que cantaba en familia, cuando era pequeño, a varias voces, haciendo él siempre la tercera voz.

Fue admitido inmediatamente. En el primer ensayo, el director advirtió enseguida su ignorancia en la lectura de partituras, aunque ¡menuda voz tenía! Inicialmente, la contrariedad y el enfado, pero el director le dio una segunda oportunidad: “En el siguiente ensayo, si quieres continuar en el coro, debes saber leer partituras perfectamente”, le dijo delate de todos,

Ekain no replicó. Cerró los ojos, se quedó pensativo unos momentos, y se le oyó decir; “Lo intentaré”, mientras salía discretamente del salón del coro.

Pasados los días, ya en el nuevo ensayo y formados los componentes por voces, se advirtió la falta de Ekain. Había un hueco en el lugar que debía ocupar. El director cortó de modo tajante el cuchicheo que se estaba empezando a crear en la sala, cada vez mayor.

De repente, entró Ekain con un montón de partituras que se había traído del despacho abierto del director, y a quien pidió respetuosamente que eligiera una de ellas. Así lo hizo, y al instante, Ekain se puso a cantar las cuatro voces de la partitura elegida, una detrás de otra, sin ningún fallo, demostrando, a todos, su dominio de las cuatro tesituras y su riqueza vocal. No cabía duda:  Ekain había aprendido a leer. El coro se había quedado con la boca abierta y no precisamente para cantar. Pero, ¿cómo lo logró?

***

En ese mismo momento sus padres cantaban en su casa una canción a dúo, con las tareas del hogar cumplidas. Al terminar de cantar, la madre le dijo al padre: “Tenemos un hijo muy listo. Le he estado enseñando en muy pocos días lo que yo aprendí durante años en el Conservatorio de Música”.

“¿Por qué no lo hiciste antes?”, replicó el padre. Y la madre, sonriendo, contestó: “Quizá nuestro hijo se hubiera enfrascado tanto en la música que no habría optado por una Ingeniería Superior…  ¡Seguro que le admiten en el coro!”

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