El circo

El Circo Máximo iba a sufrir un grave revés. Los animales eran su gran atracción. Leones africanos, elefantes indios, e incluso osos panda australianos, se mostraban haciendo ejercicios sobre la arena circular, bajo las órdenes categóricas del domador. Las críticas sociales, avivadas por grupos denominados animalistas, iban dirigidas más hacia la pérdida de su dignidad que a los chasquidos del látigo sobre el suelo. Una nube negra se cernía sobre el Circo en forma de una orden ministerial reguladora, como el buitre que extiende sus alas y desciende a toda prisa hacia la presa moribunda.

El payaso no daba crédito a lo que leía en los medios. Era como si nadie pensara en él. Ningún comentario de si era digno de su persona salir al escenario con un ropaje estrafalario, unos zapatos y una pajarita enormes, y para colmo, una nariz falsa y la cara pintarrajeada. Sin embargo, ¡cuán importante la dignidad de los animales!…

Lo que el público quería era que el payaso hiciera reír y la verdad es que lo conseguía siempre. En cada actuación incorporaba algún ‘gag’ nuevo. Por algo era payaso, y… ¡con mucha honra!

El peligro que se cernía sobre el Circo le entristecía, pero enseguida volvía a su carácter alegre habitual. Su padre, payaso también, le había repetido miles de veces que “un payaso triste es un triste payaso”. Y él quería seguir sus pasos, no defraudarle en nada. Se daba cuenta que si desaparecían los animales, él y los miembros de los demás números deberían reinventarse para sobrevivir.

En estos pensamientos estaba, cuando le avisaron que era su turno de salir a escena. Y no se lo pensó dos veces. Cambió radicalmente el guion que tenía preparado. En lugar de saludar al público del modo acostumbrado, atrayendo hacia sí toda la atención, hizo gestos con los brazos señalando la jaula de los leones, donde todavía quedaba una leona perezosa que el domador trataba suavemente en vano de que se retirara por el túnel por el que había entrado. Se dirigió a la jaula y consiguió entrar.

El respetable comenzó a alborotarse. El domador a gesticular al payaso para que saliera inmediatamente. Pero él, con la sonrisa permanente y una fuerte voz, mirando de soslayo al público y dirigiéndose a la leona, comenzó la siguiente disertación:

“Mis respetos, señora leona. Me atrevo a dirigirme a usted en estas condiciones, con un traje inadecuado a su altísima dignidad. Dicen que son las leonas, no los leones los que trabajan…” (Risas en el auditorio). “Así pienso yo. Casualidad, yo me llamo León y mi mujer Leona… “. (Nuevas risas).

El domador se iba poniendo cada vez más nervioso. El público no perdía palabra de lo que iba diciendo el payaso actor. “… en mi casa trabajo yo, que soy el león” (risas), “y por eso estoy aquí, metido en esta jaula que es un palacio de princesa. ¿Qué haría usted, señora leona, en la selva? ¿Comería tan bien como usted come aquí? ¿Dormiría tan segura como en su pequeña jaula? ¿Sería tan reconocida y aplaudida como lo es en esta arena por este público tan selecto? ¿Podría desarrollar sus habilidades que le han llevado a ser tan famosa…?”

El domador no pudo más e hizo chasquear el látigo delante del payaso que comenzó a gritar y lloriquear como si le hubieran dado directamente. La leona enarcó las cejas y se comenzó a levantar lentamente de su apacible postura. El domador agarró la silla de protección, el látigo bien sujeto con la otra mano, y caminó hacia atrás en dirección a la puerta de salida sin perder de vista a la fiera.

De repente el payaso le arrebató la silla, se sentó en ella, miró un instante a la leona, se levantó, le hizo una reverencia y dijo en voz alta, mientras salía trastabillando del recinto, detrás del atemorizado domador: “Disculpe, señora leona, pero me reclaman en otro lugar…”

Aplausos generalizados. El número había sido un éxito. El animal parecía desconcertado por todo lo sucedido. Al día siguiente el periódico de mayor tirada se hacía eco de la actuación, resaltando cómo un domador se había convertido temporalmente en ayudante del payaso. También incorporaba las momentos más relevantes del “diálogo” del payaso con la leona.

Como todos los días, un ejemplar del citado diario acompañaba el desayuno del Primer Ministro.

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