El traductor de voz

—¡Menuda faena me ha hecho el traductor del móvil!

—Cuéntame, Manuel, buen amigo.

—Estaba enviando un mensaje a mi secretaria por temas de trabajo. Bien sabes que son los únicos que trato con ella. Pues bien, suelo encabezar con algo así como: “Elena, ¿podría usted resolver…?” y, a continuación, sigue el problema de que se trate.

Resulta que el lunes pasado estaba algo ronco, por causa de un resfriado. Tenía prisa por enviar un mensaje. Había perdido las gafas en el coche. Las empecé a buscar. Se me ocurrió que iría más rápido si lo enviaba con dictado de voz y traducción a texto. Justo cuando empezaba a hablar estornudé y pulsé involuntariamente la orden de envío. El mensaje había sido ya iniciado con el comienzo de siempre, o así creía yo. Había que completarlo con otro nuevo. Encontré por fin mis gafas y me puse a escribir. Al terminar pude leer la traducción que me había hecho el móvil en el primer mensaje y que decía: “Querida Elena, te espero”. Me quedé aterrado. Las gafas se me volvieron a caer. “¿Dónde estarían esta vez?”, me pregunté.  Tenía que deshacer el entuerto cuanto antes. “Quiero hablar con la secretaria”, ordené al móvil suplicante. “Llamando a secretaria”, me contestó con su tono habitual. “Comunicando”, volvió a decirme tras unos pocos segundos. “Intenta de nuevo”, le ordené. “Llamando a secretaria”, repitió. “Dónde estarán mis gafas”, me volví a preguntar. Y entonces oí en el altavoz a mi secretaria:

—Señor Manuel, soy Elena, ¿desea alguna cosa?

Me dirigí al móvil como tabla de salvación.

—Elena, posiblemente habrá recibido dos mensajes míos. El primero un poco extraño, con un encabezamiento diferente. No le haga caso. Son los fallos de la tecnología.

—Sí, me han entrado, pero todavía no los he leído— me respondió con su voz de siempre.

—Pues hágame el favor de borrar el primero sin leerlo.

—Ya está borrado. ¿Desea algo más?

—No, de momento. Céntrese en el segundo. Muchas gracias.

      Terminado este corto diálogo, volví a encontrar mis gafas. Ya en casa, me recibió mi mujer con estas palabras:

—Querido, te dejaste tu ordenador con la sesión abierta.

—¿No habrás abierto ningún mensaje? — le contesté esperanzado.

—No. Nunca me meto en tu ordenador. Yo confío plenamente en ti— me respondió con su sonrisa habitual.

—Y yo también en ti —le devolví una sonrisa como quien está a punto de revelar un suceso que termina bien.

A renglón seguido le conté, con todo detalle, lo que me había pasado.

Todavía nos estamos riendo. Decidí nunca más usar la traducción de voz con prisas.

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