El extra

Lo que le sucedió a un amigo mío es de película.

Mi amigo estaba plácidamente contemplando las dos fragatas de época que estaban a punto de entablar una batalla naval cerca de la bocana del puerto. Todo estaba preparado para la filmación.

El público se amontonaba y, de pronto, se rompió la cinta que los separaba de los extras, quienes estaban embarcando a toda prisa en las zodiac para subir a las naves. Mi amigo fue materialmente empujado por la gente que quería estar lo más cerca posible de los actores con tan mala fortuna que el manto de uno de los figurantes con quien tropezó le llegó a envolver. A los gritos de «¡Rápido! ¡No hay tiempo que perder!», se vio catapultado en el interior de una de las lanchas en dirección a la nave vencedora. Al verdadero extra no le dejaron subir por mucho que protestó. No llevaba el atuendo adecuado.

«¿Qué hago yo aquí?», se decía, mientras otro combatiente le aconsejaba:

—Toma, te hará falta esta gorra.

Y otro más detallista:

—El reloj, por favor, no. Ponte estas sandalias. Las gafas guárdatelas. Acuérdate de que tienes que defender el castillo de proa.

De tan aturdido que estaba, mi amigo fue incapaz de articular palabra. Obedecía a todo lo que le iban diciendo, como un autómata. «El castillo de proa, el castillo de proa, …» se iba repitiendo.

Y comenzó la batalla. La nave enemiga, tras el cañoneo, pasó al abordaje. Mi amigo tumbado en la cubierta, muerto de miedo, había estado viendo pasar las balas de cañón por encima de su cabeza. Cuando parecía que todo había acabado, de repente se le abalanzó un corsario armado hasta los dientes. Portaba un turbante. Lo de menos era el turbante. «Hay que salvar la vida!», pensó. Lo agarró de una especie de chaqueta sin mangas, se echó hacia atrás y, mientras caía, le dio con los dos pies tan fuerte que lo lanzó por la borda de espaldas al mar.

«¡Corten!¡Corten!», se oyó que alguien gritaba. Y otro: «¡Hombre al agua!». Un par de submarinistas de salvamento se lanzaron a por el del turbante. Estos dos no salieron en la película. Sí mi amigo. El director, al visionar las tomas de ese día, se dio cuenta de que ésta era la mejor del rodaje. Mi amigo recibió sus felicitaciones y una petición de si quería seguir como extra cuando estallara el polvorín, a lo que aquel repuso un prudente «mejor que no», añadiendo un consejo:

—Por favor, pongan cintas de separación del público más gruesas.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s