Situación límite

Es bueno tener amigos poetas. La poesía dice en pocas palabras lo que un libro cuenta en todo un volumen. Más aún, hay cosas que solo se pueden expresar poéticamente. Los poemas nos llevan a contemplar, por las ventanas del firmamento,  la verdadera realidad. Porque, ¿qué es la auténtica realidad sino lo que está vivo? O mejor, ¿una vida que sabe amar?

Me contaron de dos presos condenados a muerte que compartían la misma celda (el segundo de ellos era poeta), el siguiente diálogo:

—Mañana es el día —dijo el primero, sin atreverse a mirar a la cara a su compañero.

 —Mañana es el día —replicó el segundo, mirándole fijamente al rostro, en espera de que aquél levantara su mirada.

—Yo moriré como tú. No he sabido querer a nadie. Nadie me quiere. Me merezco lo que me sucede. En cambio, tú no lo mereces. Han cometido contra ti una gran injusticia. Sin embargo… explícame por qué no te veo triste, maldiciendo tu suerte o prometiendo venganza eterna—. Aquí el reo elevó sus ojos escudriñando la faz del otro condenado para percibir si iban a ser verdaderas sus palabras.

—Cuando uno está próximo a morir lo que dice o piensa suele ser la verdad. A nadie le gusta ser acompañado al otro lado con una mentira. Yo estoy feliz, a pesar de todo, porque soy inocente y además llevo conmigo en mi corazón a quienes he amado en esta vida y me siguen queriendo. Yo pienso que la auténtica vida es el amor; que el amor no muere si está anclado en el amor de Dios. Tú piensas que nadie te quiere. No es verdad. Te quieren Dios y todos los santos del cielo que esperan de ti una respuesta de amor y de retractación.

» Mira lo que he escrito estos días, recordando la parábola de la dracma perdida que se lee en los Evangelios:

Me siento dracma perdida

en algún rincón ignoto

de la casa a oscuras.

Es verdad que caí,

apilada como estaba

en la pila de las monedas.

Y fui rodando, rodando,

hasta quedar tumbada

en algún rincón ignoto.

No sabía dónde estaba,

pero sentía a mi lado

el barrer de una escoba

que trataba de encontrarme,

suavemente acompañada

por la luz de un candil.

Nunca dudé de ser buscada.

siempre me sentí querida.

¡Era yo tan importante para ella!

Que cuando me recogió

no cabía en sí de gozo.

¡Con todas las monedas en su regazo!

» Me han ayudado mucho estas líneas. Espero que te sirvan también a ti. ¡Ah! La mujer que busca la moneda es una imagen de Dios que nos busca sin parar hasta encontrarnos.

La historia acabó bien. Conmutaron la pena capital al primero y soltaron al segundo, porque quien le había falsamente incriminado contó la verdad antes de morir en un hospital, horas antes.

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