El banco

La palabra banco es equívoca. Suele dar pie a confusiones de interpretación. Por ejemplo, si alguien dice: “Ayer me pasé horas en el banco”, ¿a qué clase de banco se refiere? Podría ser a una sucursal bancaria o a un asiento —quizá de madera pintada— para descanso de paseantes.

Lo divertido es que la propia palabra asiento podría referirse a un asiento bancario o a un lugar para sentarse. En fin, dejando esta discusión semántica, vamos a centrar nuestro relato en lo que sucedió en un banco —de sentarse— en el que parece que no pasa nada o que pasan algunas cosas. Todo depende de lo ensimismado que se sienta uno al sentarse. Los verbos sentir y sentar tienen algo en común, como puede fácilmente adivinar el lector.

Estamos sentados ahora en una plaza porticada, con un jardín de principios del siglo pasado y, en el centro, un pequeño estanque en el que nadan unos patitos. Nos fijamos en el entorno. Observamos el deambular de personas muy distintas.

¿Quiénes se sientan en un banco?: Evidentemente los enamorados, pero no, si ya hay alguien sentado; también los ancianos a quienes no les da apuro compartir el sitio, a no ser que haya una madre con un niño que berrea sin parar o que esté iniciándose en el arte del fútbol. En realidad se sienta en un banco cualquiera que desee disfrutar de un rato de lectura al aire libre o, simplemente, descansar un poco.

En nuestro caso se nos acerca una pareja de mediana edad, en plena conversación. Y sin saludar siquiera, se sientan en el banco. Continúan hablando. Parece que no les importa nada que les oigamos.

Ya que las cosas son así, la alternativa es marcharnos y buscar otro banco o no tener más remedio que saber de qué hablan.

—…  hacemos mal tratando a nuestro hijo como si tuviera quince años. ¡Hace ya mucho tiempo que salió de la pubertad! No olvides que nosotros hicimos lo mismo: salir del cascarón familiar y luchar por formar una nueva familia, la que tenemos. No fue tarea fácil. Tus padres y los míos se empeñaban en tenernos en nuestras casas casas y nosotros queríamos montar un nuevo hogar. ¿Quieres que repitamos con el hijo los mismos errores que tuvieron nuestros padres con nosotros?

—Es cierto, Pablo, lo que dices. Pero, ¡cuánto me cuesta que se vaya! Para mí siempre será “mi niño”. Además, nos vamos a quedar solos en casa hasta que lleguen los nietos y, entonces, a funcionar como canguros cuando ellos se vayan de vacaciones de fin de semana o a un congreso o a lo que sea.

—Pues, a los nietos los recibiré con los brazos abiertos y tú también, ya lo verás. No sabes cuánto me acuerdo de mis abuelos maternos, que eran los únicos que conocí. ¡Cuánto me entristecí cuando dejaron este mundo! Y eso, ¿por qué? Porque llenaban buena parte de mi vida infantil, se volcaban conmigo, me rodeaban de cariño, me enseñaban multitud de cosas, tenían ese tiempo del que mis padres carecían. ¿Te parece poco?

Aprovechando el silencio, podemos pasear la vista por la superficie del estanque y contemplar las ondas de unas piedrecitas que acaban de lanzar sendos niños. Al ser descubiertos por nosotros, salen disparados hacia el banco de enfrente que se halla ocupado por un padre que trata de atender, con mejor o peor acierto, al más pequeño de sus tres hijos ¡Admirable!

—… Me parece mucho. Tienes razón. Pero me cuesta. Es como si abdicara de ser madre. Tú no lo puedes entender. De todos modos, es ley de vida. Los polluelos tienen que dejar en algún momento el nido. Tienen que construir nuevos nidos… (en ese instante se quebró la voz y comenzó a llorar).

La verdad es que comenzamos a sentirnos molestos, como quien está en una reunión a la que no ha sido invitado; como quien está entrometiéndose en la vida íntima de otros, sin ningún derecho, por mucho que nos una el banco que compartimos. Nos levantamos de inmediato, dejando a la pareja de mediana edad conversando en sus cosas, sin que se hayan dado cuenta de nuestra marcha y quizá tampoco de nuestra presencia.

 

 

 

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