Al cumplir setenta

Sabía que él iba a morir el día que cumpliera setenta años. Incluso conocía con total precisión la hora y el minuto. No estaba en ningún corredor de la muerte, pero su situación era… ¡tan similar! Quizá no llegara a esa edad redonda —pensaba él—, aunque se encontraba bien de salud, en pleno uso de sus facultades mentales.

Si pudiera vivir más tiempo lo emplearía en atender mejor a los nietos, escribir sus memorias, hacer algunas chapuzas en los arreglos de la casa, leer y, por supuesto, no dejar esa visita habitual al cementerio, donde descansaban los restos de su añorada esposa, en el que siempre depositaba un ramo de rosas.

Pero todo eso no iba a ser posible. Pensó en marchar a un lugar donde nadie pudiera atentar contra su vida. No era nada fácil la empresa. Al pasaporte le habían puesto una marca extraña que, traducida en letra pequeña, decía. “Fugitivo potencial”.

Solo cabía esperar. El reloj de pared, las hojas del calendario se le habían hecho más familiares que de costumbre. Su pensamiento estaba centrado en ese día, en esa hora y en ese minuto.

Tenía muy clara la legislación reciente del Parlamento:

“Ningún ser humano de este país puede superar los setenta años de vida”.

Se trataba de un artículo que modificaba la Constitución vigente y que había sido apoyado principalmente por los grupos animalistas. “Si el hombre es un animal más evolucionado, ¿qué impide decidir sobre su muerte?”, decían con fuerza; argumento al que los defensores de la vida humana se oponían —no con menor empeño— explicando las diferencias esenciales que hay entre los seres humanos y los animales: la capacidad de abstracción, la voluntad libre, la creación de cultura, la capacidad de donarse (amar), etcétera, que están gritando la existencia de una componente espiritual que hace que  la mujer y el hombre sean lo que son y tengan la igual dignidad que tienen.

Los intereses económicos habían triunfado: Menor gasto en las pensiones y en la seguridad social. Cuantos menos viejos, mejor.  “Así de crudo”, pensaba quien ya se estaba acercando al forzado final de su vida.

Convenciendo al ser humano de que es el dueño absoluto de su vida, la inducción hacia la eutanasia era patente. Justamente quien había estado aportando a las pensiones toda su vida era eliminado de su disfrute en la etapa final, incluso con la propaganda de que hacía bien quitándose de  en medio.

Muy pronto se vio cómo los hospitales se llenaban de personas altamente depresivas; cómo gentes, relativamente jóvenes, eran impulsadas a la eutanasia por motivos interesados, casi siempre por causa de una herencia o por quitarse molestias en el cuidado de los enfermos. El Estado perdía votantes en la franja alta de edad. Y también en la baja, pues se había instaurado una mentalidad antinatalista: no había recambio generacional.

Muchos parlamentarios empezaron a pensar que esa ley había sido un error. Que algo se estaba haciendo mal. Propusieron una nueva votación en la que ganó el sentido común.

Eso fue un día antes de cumplir setenta. Ese día los restos de su esposa recibían las rosas de siempre, mientras él daba gracias a Dios por seguir vivo.

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