Del diario de un estudiante

He tenido un día gris, triste. Ayer noche dormí poco y mal. Me espera mañana un examen de los fastidiados (por un decir), de esos que acaparan créditos y que son fundamentales para la continuación de los estudios. Puede que mañana llueva. ¡Mejor! Igual, si sale el sol, dejo el repaso final y me voy a dar un baño de primera hora en la playa. Eso sí, es un poco arriesgado. El examen de mañana es importante.

Son las doce de la noche. El reloj no miente. He guardado los apuntes y los libros en la estantería de mi habitación y ahora estoy redactando este diario que da cuenta de mi vida, del día a día. No pienso que mi vida sea tan importante, pero estoy harto de oír a gentes que se lamentan de no haber escrito un diario cuando eran jóvenes. Se dan cuenta tarde de que “recordar es vivir dos veces” y yo puedo vivir las veces que quiera con mi diario. Ellos lo tienen más difícil.

La verdad es que me caigo de sueño, pero voy a hacer un esfuerzo por recordar toda mi jornada y anotar algunas cosas.

¿Qué he hecho hoy?: Dar los buenos días a mis padres y hermanos, preparar el desayuno a todos (esa semana me toca a mí), ventilar la habitación, hacer la cama, desayunar rápido, un vistazo a las noticias deportivas, y estudiar en la mesa del comedor. Toda la casa desparece como por ensalmo tras el desayuno. Cada uno a sus cosas. Y yo, solo hasta la hora del almuerzo.

Se estudia bien sin nadie alrededor, en absoluto silencio. Pero prefería hacerlo en un buen grupo de tres. Cada uno estudiando por su cuenta, sin molestar a los demás, con una breve parada a media mañana para beber algún refresco y pedir ayuda, si fuera necesario, para resolver un problema o entender alguna cuestión teórica. Tomo hoy la decisión de no estudiar solo.

Tener la nevera tan cerca es una clara tentación. Le he dicho a mi madre que se fije en lo que hay. Así me controlaré más. Me daría mucha vergüenza que mi madre descubriera una vez más lo mucho que me gusta el chocolate.

La tele, al tenerla en la sala de estar, está más alejada. No me conviene caer en la trampa de meterme en series, en resúmenes deportivos o en programas de diversión en directo. No, mientras esté en época de exámenes (¿Y por qué no, también antes?).

Tengo el mando de los vídeo juegos estropeado (menos problemas).

He sacado cuatro horas de estudio por la mañana y cinco por la tarde (tres más dos). No está nada mal. Después de cenar he sacado un par de horas más. Pienso que mañana me merezco un baño en la playa…

Me voy a poner a filosofar. Mi vida, ¿es solo estudiar? Ya sé que no. Tengo un montón de amigos y amigas, mantengo comunicación con todos los del grupo de WhatsApp, dedico parte del fin de semana a hacer deporte y a colaborar con una ONG, visito a los abuelos maternos una vez a la semana, imparto clases particulares, estoy acabando los estudios de piano, …

Siento que me falta algo. Como esto es un diario, y no debe leerlo nadie más que yo, me voy a sincerar conmigo mismo: me falta un ideal. Un objetivo que me ilusione completamente, que me lleve a hacer cosas grandes en mi vida, a ser verdaderamente útil a los demás. No llegaré a ser útil si no estudio. Pero, ¿qué me falta, Dios mío?

¡Ya lo veo claro! La respuesta está en el interrogante. Seguiré dándole vueltas a esta gran idea con la almohada.

¡A dormir!

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