Una propuesta equitativa

Sucedió en una pequeña aldea de un país africano, lejos de la civilización. Los colaboradores de la oenegé estaban exhaustos. El sol se hallaba casi en su cenit. Muchos habían sido los problemas de aquella mañana.  Faltaban dos minutos para la reunión preceptiva de los monitores y el único que no había llegado era Peter, el que hacía cabeza, aunque se le podía ver en ese mismo momento saliendo de una pequeña choza y acelerando el paso al lugar del encuentro. La impuntualidad no iba con él.

Tan pronto se inició la sesión, tomó Peter la palabra.

—Estimados compañeros. Perdonad que me adelante al orden del día. Como bien sabéis, no es mi costumbre. Sin embargo, siento la necesidad de compartir con vosotros una emotiva experiencia, la que ha hecho que me presentara aquí tan justo de tiempo.

Era la forma de hablar de Peter. Contrastaba con el lenguaje coloquial, distendido, de los demás componentes del grupo.

Se dispusieron a escucharle. Incluso el que solía estar de broma —con sus no siempre atinadas ocurrencias— había parado a tiempo la gracia que se le estaba pasando por la cabeza y que de seguro hubiera roto el clima de atención.

—A Jumi, alguien de vosotros le ha entregado una bolsa de galletas. ¿Es cierto? — preguntó Peter con un cierto tono inquisidor.

—¡Fui yo! —se apresuró a decir Jane, la más joven de las cooperantes—. La niña vio que llevaba la bolsa conmigo y el modo de mirarla hizo que yo…

Peter le cortó con suavidad.

—No sigas, Jane. No necesito explicaciones. Tienes que saber que, cuando te habías marchado, Jumi se ha visto rodeada por un montón de niños, todos abriendo la palma de la mano y gritando lo mismo. Me imagino que estarían diciendo en su dialecto: “¡Dame una galleta, dame una galleta!”. Pues bien, presencié cómo Jumi metía su mano en la bolsa e iba distribuyendo su contenido.

» Cuando solo quedaba una galleta—a la que le faltaba un pequeño pedazo—  un niño la seguía mirando con la mano abierta. La niña, sin pensárselo dos veces, puso en su manita la galleta partida. Una vez sola, comenzó a buscar el pedazo que faltaba.

» Parecía que Jumi iba a poder tomar algo cuando un nuevo niño apareció por detrás reclamando su parte. Tampoco la niña se lo pensó dos veces en esta ocasión. Intentó darle el último pedazo que quedaba en el fondo de la bolsa. Sin embargo —si esto ya de por sí es un gesto sorprendente— más sorprendente es ver al crío renunciando al pedacito con firmeza. Se había dado cuenta de que la niña se iba a quedar sin nada, por lo que huyó corriendo hacia su choza.

—No debía haber entregado la bolsa a Jumi… — intervino Jane con timidez.

—Has hecho muy bien, Jane —sentenció Peter—. Como os he dicho al principio, necesitaba compartir esta experiencia con vosotros. Propongo que si quedan al menos dos bolsas de galletas sea Jane quien lleve una a la choza de la niña y otra a la del crío. ¿Os parece bien?

A todos pareció correcta la propuesta equitativa de Peter y continuó la reunión con la lectura del orden del día.

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