Un paseo entre cipreses

Realmente pasé miedo. No me gusta el cine de terror, aunque comprendo que haya quienes disfruten con esa clase de películas.

Lo cierto es que, intentando dormir, en una noche desapacible de verano, tomé la decisión de salir a pasear yo solo hasta el cementerio del pueblo. Pensé que caminar me podría ayudar a conciliar el sueño.

Era noche cerrada. Me serví de una pequeña linterna que siempre llevo conmigo. El viento aullaba entre los bamboleantes cipreses del camino que conduce a la entrada.

Noté que el candado de la verja había sido destrozado recientemente y al punto me entró la curiosidad de saber si tendría suficiente valor para permanecer un rato entre las tumbas…

Pero, ¿destrozado por quién?, me empecé a preguntar, ya rodeado de monumentos funerarios. Podría ser que no estuviera solo…

Recordé que un hombre del pueblo llevaba un mes desaparecido; se especulaba con que había cometido un crimen horroroso. Lo estaban buscando. Quizá se hallaba ahora escondido en el cementerio, detrás de alguna lápida o en el hueco entre dos nichos. Los nervios me empezaron a hacer mella. Me puse a temblar. Traté de alejar sin éxito esa tétrica idea de mi mente. Y enseguida tomé la decisión de regresar cuanto antes.

En esos momentos escuché unos extraños sonidos a mis espaldas. Me quedé paralizado. Agucé el oído, sin atreverme a girar el cuerpo y apuntar con mi pequeña linterna en esa dirección. No sabía qué hacer.

Podría ser el criminal… ¿Y si fuera un alma en pena? ¡Qué tontería! Los temblores iban a más. Identifiqué los ruidos como de pasos cada vez más cercanos, acompasados por unos golpes secos que me herían los tímpanos. Por fin me giré. Un chorro de luz me cegó. Estuve a punto de gritar. Pero se me adelantó una voz intensa y grave.

— Felipe, ¿qué haces a estas horas en este santo lugar?

Solté un profundo respiro. Era la voz del sacristán de la iglesia del pueblo, siempre acompañado de su bastón.

—Estaba la verja abierta y se me ocurrió entrar— respondí, ya dueño de mí—. Pero haz el favor de bajar un poco tu linterna. Si quieres te lo puedo explicar todo con más detalle.

Y sin esperar a que asintiera, continué hablándole mientras su oscura figura se iba formando en mi retina.

—Me costaba dormir. Pensé que, si estiraba las piernas un poco, volvería a conciliar el sueño.

—Mira, Felipe, los que están aquí ya estiraron la pata y duermen el sueño de los justos.

—Ya me estaba marchando— seguí diciéndole, con la certeza de no estar mintiendo—. Entré en este lúgubre lugar porque quería probar mi valor…

—¿No sabes, valiente, que está prohibido estorbar el descanso nocturno de los difuntos? Vente conmigo. Te acompañaré hasta la salida.

Y así fue mi regreso a casa, mientras el viento seguía aullando entre los bamboleantes cipreses.

Esa noche me costó dormir. Me daba cuenta de que yo no era tan valeroso como creía…

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s