El «colonavilus»

      A nuestra pequeña Elena se le da mal pronunciar las erres. Cuando comenzaba a hablar decíamos que nos había llegado una chinita Afortunadamente el nombre que decidimos para ella no lleva ninguna erre.

     Está en la edad de querer saberlo todo. Ha pasado del ¿qué es …? al ¿pol qué …? En realidad, maneja maravillosamente bien ambas preguntas. ¡Es nuestra hija!

     A Elena le intriga la nueva palabra que no para de oír en casa.

     — Papá, ¿qué es el colonavilus?

    —Hija, un bichito muy malo, muy pequeñito, que si entra en tu cuerpecito te resfrías, toses, puedes tener un poquito de fiebre, con lo que te metemos en la cama, y entonces tú a hacer caso a mamá con lo que te dé de comer o de beber; las medicinas, y a leer cuentos de los que te gustan.

      —¡No paláis de hablal del colonavilus! ¿Pol qué habláis tanto?

      —Hija, porque mucha gente lo tiene y están pasándolo mal.

      —¿Es pol eso que no me dejáis salil a la calle? —preguntó con su carita triste, la que más éxito tiene para que la hagamos caso.

      —Hija —esta vez fue la madre la que intervino—. Tenemos que seguir, todos, las normas de protección. Una muy importante: quedarse en casa.

      —¿Nolmas?…

     —Órdenes, mandatos. Lavarse frecuentemente las manos; no llevarse las manos a la boca, a la nariz o a los ojos; no estornudar o toser, sin taparse la boca con el pañuelo o el antebrazo. Y un montón de normas más.

  —Vale.

Parecía que el turno de preguntas se había terminado aquí cuando nos sorprendió con…

—¿Qué es el colonavilus del alma?

“¿De dónde habrá sacado esta frase?”, tratamos de recordar mi mujer y yo.

—Elena — intervine con aplomo—, supongo que esta frase la habrás oído de la conversación que tuvimos por videoconferencia con tus tíos. Mamá les decía que el coronavirus es espantoso pero que, antes y ahora, es peor el coronavirus del alma, es decir, el de muchas personas que no piensan en los demás, que van a lo suyo; en ellas el amor se muere si no cambian.

—Ya —contestó la niña con una mirada inteligente—. Pelo, ¿qué es el alma?— dijo a renglón seguido sin temor a ser pesada.

Aquí estuvo la madre rápida y acertada.

—Mira, si te duele el pie, tu pie es parte de tu cuerpo. ¿No es así?

—Sí…

—Pues si te apena haber hecho enfadar a papá y mamá, lo que te duele es tu alma.

—¡Ah! Ya entiendo.

Y así acabó la conversación. Yo me quedé con la impresión de que mi hija optaría, al llegar a los dieciocho años, por una carrera de Filosofía y Letras.

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