Un suceso extraordinario

Un cierto día me desplacé para visitar un monasterio antiguo, del que omito su nombre a propósito. No quiero que los lectores alteren la paz que allí se respira, acudiendo a ver el enterramiento al que hace referencia este relato. Solo apuntaré que se halla en el claustro, a ras de suelo.

Un monje anciano, sentado en un asiento de piedra, parecía contemplar el surtidor del patio central, mientras yo me dedicaba a leer el texto de una lápida sepulcral que me llamó la atención. Lo que la hacía distinta de las demás eran las letras, todas de color negro excepto dos i griegas de color rojo. No entendía el por qué.

—Es una antigua historia— comenzó a decir el religioso—. En esa sepultura está enterrado el anterior abad, como se hace con todos cuantos han gobernado este lugar. Yo ya soy viejo y casi ciego, sin embargo, he notado su presencia.

» Tiene usted que saber —continuó, tras una breve pausa— que el padre abad era muy devoto de Santa María. Los más antiguos recordamos su modo de rezar el Rosario. Ponía especial énfasis al pronunciar la i griega de “ahora y en la hora de nuestra muerte”. Cuando alguien le preguntaba por qué rezaba de ese modo, contestaba sonriente: Porque deseo morir justamente en ese instante, en el que «el ahora» coincidiría con «la hora de mi muerte. Así —según estaba convencido— la Virgen pediría por él dos veces en ese trance definitivo.

» El hecho es que murió tal como él deseaba— prosiguió hablando el monje, esta vez sin pausa alguna—. Sin embargo, no quedó la cosa aquí… Cuando falleció, justo en el momento en que el monje más joven de la comunidad estaba cerrándole los ojos, se oyeron con toda claridad —no sabemos si pronunciadas por él o venidas de lo alto— estas palabras: “Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre”, con la i griega sonando exactamente igual a como el llorado padre abad la pronunciaba.

» Nos quedamos removidos. Más tarde comentábamos todos lo mismo: “Esto ha sido un mensaje del cielo: se nos está diciendo que su alma ya está gozando de Dios por toda la eternidad”.

» Y para que no se nos olvidara este suceso extraordinario, el nuevo abad mandó que se grabara en su lápida el Avemaría con letras negras, excepto las dos i griegas, que deberían ser de color rojo. Y así se hizo.

Yo me marché pensativo, tras agradecerle sus explicaciones y despedirme de él afectuosamente.

Un comentario en “Un suceso extraordinario

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s