Los móviles chinos

El choque fue inevitable. Él con su Huawey en la mano y ella con su Xiaomi en la suya. Los aparatos rodaron por el suelo. Nadie fue testigo de lo que había sucedido. Nadie salvo… yo mismo que lo presencié todo desde el balcón de mi casa de un primer piso huyendo del calor veraniego. La brisa marina me refrescaba.

—La culpa ha sido tuya— oí que decía la chica, mientras se disponía a examinar su móvil sin mirarle a la cara. Su enfado era patente.

—Perdona que te diga, guapa (y perdón también por lo de guapa) —respondió de inmediato el chico, sin tampoco mirarla— que la culpa ha sido tuya. ¡Estabas tan ensimismada! Seguro que metida en Instagram, Tik Tok o vete tú a saber dónde. Fíjate, mira lo que me has hecho. Se ha partido el cristal.

Y en ese momento fue cuando Rafael la reconoció, a pesar de llevar una mascarilla de diseño. No por la deformada voz, sino por sus ojos inconfundibles que captó al levantar su mirada.

—María, ¿eres tú? ¡No me digas que eres tú! Soy Rafael, ¿te acuerdas de mí?

—Claro que me acuerdo de ti, Rafael. Soy María. La misma que te ha destrozado el móvil. El mío parece que está intacto.

—Siendo los dos móviles chinos deberían haberse roto al mismo tiempo, digo yo.

Esta salida de Rafael hizo que los dos se rieran al unísono, olvidando de inmediato tanto el enfado como el incidente.

—¿Qué te parece si tomamos algo? —dijo ella de repente, no sin antes inspeccionar si había recibido algún mensaje en su móvil—. ¡Odio las mascarillas!

—No sabía que estabas de vacaciones en el mismo lugar que yo. ¿Te parece bien una caña?

Ya no pude oír más. Les ví dirigirse al bar de la esquina con la esperanza de que se sentaran en alguna de las mesas vacías de la terraza en la que podría seguir viéndoles. Como así fue.

Mi curiosidad auditiva quedó frustrada, no así la visual. Vi cómo chocaban los vasos y, por primera vez, pude contemplar sus caras sonrientes. El enfado había desaparecido. Me imaginé que estarían hablando de cuando se conocieron, o de la cuadrilla de amigos, o de los últimos sucesos acaecidos.

—Pienso que tu móvil es mejor que el mío— supuse que estaría diciendo Rafael a María en un momento dado. A lo que ella seguro que respondería algo así como:

—¿No te parece una suerte haber chocado? Gracias a ello volvemos a coincidir. Además, me han hablado de unos paquistaníes que te pueden arreglar el móvil en media hora… o quizá en una. ¡Camarero, otra cerveza! —me seguí imaginando que decía ella—y no se olvide de las aceitunas y patatas fritas.

Vi cómo el camarero les llevaba la nueva consumición y también que era ella quien pagaba.

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