Historia de un embrión

Estaba trabajando con mi ordenador personal, mientras repasaba los artículos más recientes de una revista especializada en la defensa de los derechos humanos. Me habían pedido una contribución. No sabía muy bien qué escribir. No me venían las ideas. Cuando, de repente, me entró un nuevo correo electrónico de los muchos que recibo cada día.

No lo habría abierto en ese instante si no fuera por su sonido extraño. No era un sonido como los demás. Habitualmente dejo la lectura del correo a una hora fija, pero éste me captó la atención de inmediato.

El Asunto decía: Si me lees, te puedo ser útil. El remitente: Un antiguo embrión.

Lo primero que pensé era que se trataba de una broma o quizá un virus informático. Sin embargo, me picó la curiosidad y lo abrí sin miedo, pues no tenía pegado ningún documento adjunto.

Transcribo a continuación, de un modo casi literal, el contenido del correo. Tan pronto como lo acabé de leer, se borró automáticamente, como si hubiera un “caballo de Troya” que hubiera puesto en marcha la secuencia completa en dos etapas: 1) Llegada del mensaje, y 2) Borrado automático después de leído.

«Hola. Podrías escribir un artículo de fondo en defensa de la vida. Te he visto sin ideas y he decidido ayudarte con el relato de mi existencia. Espero no aburrirte. ¡Ahí vamos!:

» Según me llegué a enterar en mi actual y definitiva situación, las agujas del reloj de mi corta vida se pusieron en marcha cuando el gameto masculino más rápido, y en mejores condiciones de mi padre, alcanzó la meta el primero.

 » Y se produjo una explosión de luz sin ruido alguno, el “Big Bang” de mi existencia personal. Y comencé a ser un diminuto embrión humano, a partir de la primera célula original. Un ser absolutamente necesitado de su entorno. Un ser absolutamente indefenso.

 » Yo era ese embrión. ¡Desde luego que me identifico con el arco total de mi existencia! ¿Qué habría sido yo, si no fuera así? Nunca he dejado de ser yo mismo. Para ser uno mismo no es necesario tener desarrollada la autoconciencia. Y si no, que se lo pregunten a tantos como se pasan horas y horas durmiendo…

 » Entiendo perfectamente que sólo un acto de amor sea el único punto de partida digno del comienzo de la vida humana. Me rebela pensar que alguien pueda venir al mundo como un “objeto de uso”, o como un ser “fabricado” por otro, o como un “medio para” resolver no se sabe qué problemas. Por eso no acepto en absoluto la selección embrionaria. “Quiero una niña bien constituida, con ojos azules”, o, “quiero un bebé medicamento”. ¡Demencial!

 » Muy pronto me di cuenta de que no estaba solo. Vine al mundo con mi querido hermano gemelo. Con la llegada de mi hermano me duró muy poco la soledad. Aunque, a decir verdad, ¿se puede estar solo en el seno de la propia madre? Me parece un imposible.

 » “¿Que no me enteraba de nada?”: Sí y no. Un embrión no se da cuenta de muchas cosas que son un bien para él. ¿Hay alguien capaz de medir la influencia benéfica de las palabras de cariño de la madre al hijo que intuye ya en su seno?

 » Mis padres tenían decidido los nombres para el caso de que fuera niño o niña. No sabían que por el precio de uno habíamos venido dos. Pero, ¿para qué hablar de precios. A los regalos se les quita la etiqueta. De otra parte, tanto mi hermano gemelo como yo, no tenemos precio. Y, ¿quién será el guapo que nos tase?

 » Lo único que podíamos hacer era recibir a través de nuestra madre lo que fuéramos necesitando. La verdad es que el programa insertado en los cromosomas es muy bueno. Si hubiera llegado a mayor me habría gustado ser informático. A mi hermano creo que le van a gustar más las telecomunicaciones. Ha estado constantemente enviándome señales. Siempre pidiéndome que le deje un poquito más de sitio.

 » En fin. No he dudado en moverme las veces que me lo ha pedido. Y aprendí también a enviarle señales. Le decía que estaba con él. Que no se sintiera solo. Que no se asustara por nada. Que éramos hermanos. ¡La de cosas que haríamos juntos! A mí me parecía que me estaba diciendo que sí a todo lo que le decía.

 » En algunas ocasiones me llegaba una señal particular. Apuntaba hacia arriba. Y yo le entendía. Notábamos lo mismo. El calor de nuestra madre. La felicidad de su corazón, que ya nos estaba presintiendo. Todavía no habíamos aprendido a dar patadas. Pobre madre, ¡que se prepare!, pensaba. ¡Mira que si salimos futbolistas!…

 » Me acuerdo, con un recuerdo imborrable, de cuando la oí cantar por primera vez. ¡Qué voz tan bonita! ¿Cómo sería su rostro? ¿Cómo su sonrisa? Un día la noté cansada. Tenía dolor de cabeza. No debía tomar nada para no ponernos en peligro. ¡Qué buena es! “Me voy a portar bien ya desde ahora”, pensaba.

 » “¿La quieres tú también?”, le llegué a preguntar a mi hermano en alguna ocasión, con esas señales que solo él y yo conocíamos, que casi se me enfada. Todo transcurría sin sobresaltos. La paz habitual llenaba nuestro espacio vital. Y nosotros a crecer, que era lo nuestro. A mi hermano no sabía cómo llamarle. Y pasaba el tiempo.

 » Me revienta cuando me llegan noticias de que la vida humana no comienza desde la primera célula, pues –según ahora sé– esta inmediatamente se divide en dos y cada una de ellas ya tiene un papel diferenciado (una es la base para la formación del nuevo individuo y la otra para la formación de la placenta). Y en cada nueva división las células se van organizando de un modo maravilloso, obedeciendo, en el espacio y en el tiempo, los pentagramas de una sinfonía única que, evidentemente, tiene mi propio nombre.

 » Y comenzó nuestro largo viaje hacia el mundo exterior. No puedo escribir más de mi historia. Sólo añadir que volví a dejarle sitio a mi hermano para que naciera él primero.

» Saludos cordiales, y espero que estas líneas te hayan podido servir para tu artículo»

Indudablemente que sí. He de reconocer que en un primer momento me quedé sin aliento, dando paso luego al agradecimiento; y finalmente a un cierto malestar, por no conocer su verdadero nombre. Me queda la esperanza de recibir un nuevo correo electrónico…

 

 

 

 

 

 

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