El sabor de la verdad

Hablando con un amigo sobre la situación actual del mundo me hizo el siguiente análisis.

—Se piensa hoy en día que estamos asistiendo a un cambio de era. Para los iconoclastas del pasado no se debería hablar de verdades absolutas, tan solo de verdades subjetivas, de las que nadie tiene derecho ni siquiera a transmitir como tales. El ser humano debería actuar movido solo por su conciencia, con la libertad el supremo valor; sin dogmas, sólo reglas positivas de comportamiento, decididas por mayoría en los foros correspondientes. Las cuestiones de Dios, el ser humano, la Naturaleza, el sentido la vida deberían dejarse a la intimidad de cada cual, sin ninguna repercusión social.

—¡Así estamos! — terminaba mi amigo de modo abrupto sus breves reflexiones, con una notable expresión de pesimismo existencial.

Aproveché el momento para decirle que estaba de acuerdo en lo certero de su análisis, pero que para curar a un enfermo no basta con el diagnóstico (absolutamente necesario) sino que hay que contar con la medicina adecuada. Y en el mundo de las ideas la medicina adecuada —seguía diciéndole— no puede ser otra que… las buenas ideas, aquellas que se imponen por sí mismas, que no avasallan, pero que dejan en los intelectos que las aprehenden el sabor de la verdad.

—¿Qué es eso del sabor de la verdad? — me preguntó inmediatamente, con una cierta curiosidad.

Yo le contesté que no había trabajado el tema; más aún, que se me había ocurrido en ese momento.

No me creyó del todo, pero esperó pacientemente a que desarrollara un poco más la feliz idea. Me tomé un poco de tiempo. Agradecí su paciente espera y lo único que se me vino a la mente fue un ejemplo sencillo.

—Mira —le dije—. Entre afirmar que el universo, tal como lo conocemos, tiene su origen en un fenómeno irracional en el vacío cósmico, en el que actúa el azar junto con la evolución, o afirmar que tiene su origen en un Pensamiento Creador, que da el ser a las cosas que son, me sabe mejor la segunda afirmación.

» La primera es muy cómoda. No compromete a nada, no hay que dar cuentas a nadie de cómo uno desenvuelve su propia vida; en cambio la segunda, sí que compromete, pues el Pensamiento Creador —que no excluye procesos evolutivos ni el papel que juega el azar— tiene que ser lógicamente un Ser personal comunicativo, que como tal puede indicar a los seres inteligentes cómo deben comportarse moralmente.

—No sabía que la Filosofía tenía que ver con los sabores…— argumentó mi amigo un poco irónico, pero divertido.

—Yo tampoco— le contesté sonriendo. Y quedamos para seguir charlando en otra ocasión.

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