Testigo accidental

Esa mañana, al salir de casa, volví a ser útil —una vez más— habida cuenta de mi estado actual de jubilado, de edad avanzada.

Presencié un accidente. Yo iba caminando por el paseo de la Concha en dirección al centro de la ciudad. El carril bici a mi derecha.

Siempre voy con mi fiel Canela, una perrita bóxer del color que honra su nombre. Suelo llevarla con collar y correa, lo más alejada de la carretera. Da trabajo cuidarla, pero tiene sus compensaciones. ¡Es tan alegre! Además, me acompaña en mis ratos de soledad.

Resulta que, en la misma dirección que yo, andaban en bicicleta una madre con su hija pequeña. La niña se había empeñado en ir detrás de su madre —como luego me llegué a enterar—.  Los coches iban como nerviosos; para ser precisos, habría que decir los conductores, deseosos de llegar cuanto antes a sus destinos.

Justo cuando la niña me estaba adelantando sucedió que ésta se desequilibró. Vi que iba a caer hacia la calzada, con el peligro inminente de ser arrollada. Todo fue cosa de un instante. Un joven ciclista, que corría por el carril bici en sentido contrario, torció a la izquierda hasta cruzarse delante de la pequeña. El choque fue providencial. Ambos cayeron al suelo. La acera se tiñó de rojo. El ciclista, antes de golpearse la cabeza, pudo agarrar a la niña tirando de ella hacia sí para protegerla con su cuerpo.

La pequeña gritó “¡Mamá!”. Su madre volvió la vista hacia atrás y comenzó a chillar “¡Hija, hija!”. Dejó su bici en pleno carril y salió disparada hacia ella, despotricando del presunto agresor que —tendido en el suelo y todavía consciente— se llevaba las manos a la cabeza para parar la incipiente hemorragia.

Indudablemente la niña había sido atropellada por un desalmado que iba en dirección contraria a gran velocidad. Así pensaría la madre, mientras abrazaba a su hija y trataba de tranquilizarla.

Canela y yo estábamos como absortos contemplando la escena. ¿Quién va a necesitar la ayuda de un viejo?, me decía. ¿Qué podía hacer?…

Ya la ambulancia había llegado. El joven había perdido el conocimiento. Una patrulla se puso a hablar con la mujer, mientras los sanitarios hacían su trabajo, hasta que decidí intervenir:

— Perdonen. Lo he visto todo.

— ¿Cómo ha dicho?

— Que lo he visto todo —repetí—. El chico que se acaban de llevar ha salvado a la criatura de una buena.

— ¿Cómo dice? —. Esta vez fue la madre dirigiéndome una mirada de incomprensión y como de desafío.

— Pues lo que acaba de oír.

Después de escucharme con atención, los agentes se dirigieron a la mujer.

— Este anciano dice la verdad—. Por fortuna, una pareja de jóvenes corroboró mi versión. La madre se quedó un rato pensativa mientras seguía cubriendo de besos a su hija.

Suerte tengo de Canela. Me obliga a salir de casa. Sus deseos son órdenes para mí. No tengo más remedio. A mi edad… Mira, ¿que si le hubiera pasado algo?…

Me siento útil. He sido testigo accidental de un accidente. ¡Menuda frase me ha salido!

Tendré que dejar a Canela sola en casa. Voy al Hospital a visitar al joven ciclista. Seguro que lo encontraré en Urgencias.

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