La promesa

—Lo recuerdo como si hubiera sucedido ahora mismo.

Estas palabras las estaba escuchando de un compañero de facultad, mientras nos tomábamos una cerveza en un bar céntrico. Hacía años que no nos veíamos. Éramos buenos amigos. Al terminar la carrera nos habíamos ido a trabajar cada uno a un país distinto y volvíamos a encontrarnos, por casualidad, en la ciudad que nos vio cursar nuestros estudios universitarios. Nos reconocimos de inmediato. Se ve que no habíamos cambiado mucho de aspecto. Tras la alegría inicial nos pusimos a charlar, como si la hoja del calendario se hubiera quedado sin arrancar el día que nos despedimos.

La camarera interrumpió en ese preciso momento. Nos traía la cuenta, y eso que todavía estábamos con los vasos medio llenos. No le dijimos nada al respecto. Argumentando ser yo un poco mayor que mi amigo, pagué la consumición.

— Como te estaba contando, el más pequeño de mis hijos se perdió en el bosque cuando tenía tan solo cinco años de edad. Mi mujer y yo no nos explicamos todavía cómo no respondía a nuestras llamadas angustiosas. Después de meternos en todos los vericuetos imaginables lo encontramos, al cabo de una hora: sesenta minutos que se nos hicieron eternos.  Estaba no muy lejos de donde teníamos aparcado el coche. Apareció en lo alto de una pequeña loma, completamente desorientado, helado de frío y con los ojos llorosos. Unos minutos más tarde no lo habríamos visto por falta de luz.

Y de repente, quien esto me estaba narrando se quedó mudo, incapaz de articular palabra alguna. Se notaba en su mirada el inconfundible brillo de la emoción.

—Continúa—. Con mi invitación pretendía que se centrara en el relato y, sobre todo, que no se dejara dominar por sus sentimientos.

—Perdona. No sabes cuánto un padre puede llegar a querer a un hijo —afirmó ya más sereno—. Normalmente se suele hablar del amor de las madres. Los padres… como si no existiéramos. Y no es verdad. ¡Claro que existimos!…  aunque nuestro amor es diferente.

» Me explicaré. Está matizado por el propio modo de ser: es menos protector, más propenso a plantear retos, a dar explicaciones racionales de todo. Eso sí, mi mujer me supera con su capacidad intuitiva, el cuidado de los detalles, la multifuncionalidad de su comportamiento, las soluciones concretas; más aún, me gana por goleada en la ternura que sabe expresar a toda hora. Pero no quiero seguir por este camino. Has de saber que tan pronto recuperamos felizmente al crío, intenté repetidas veces contactar personalmente contigo. Luego comprenderás el porqué de mi interés.

Me quedé en silencio, pensativo y expectante, imaginando el alivio que podía experimentar mi amigo al compartir ese momento de su vida.

—Querer es sufrir—. Siguió hablándome, completamente ajeno a lo que sucedía a nuestro alrededor; en particular, a la camarera que se había quedado como plantada atendiendo a una señora en la mesa vecina—. Pues bien, habíamos dejado aparcado el coche en un lugar visible de la carretera forestal. Los pequeños habían saltado del vehículo e inmediatamente se habían puesto a jugar al escondite. Mi mujer les había advertido con claridad que no se alejaran. Mientras sacábamos del maletero una pequeña mesa plegable, sillas de tijeras y la cesta con viandas, vimos que los niños salían disparados de sus escondrijos hacia nosotros. El mayor había gritado: “¡La merienda!”, y como si fuera la orden de un capitán de infantería, todos comenzaron a correr para llegar los primeros a los sándwiches. Todos… menos uno.

Y en este punto, a mi amigo se le quebró la voz.

—Termina la cerveza, que eso te ayudará— le dije. —Me tienes en ascuas escuchándote.

—Perdóname de nuevo, me he emocionado.

Y sin terminar de beber, pasó a explicarme lo que habían hecho los dos, marido y mujer, minuto a minuto, hasta encontrar al chico.

El reloj del establecimiento obedecía al paso del tiempo. Al terminar, mi amigo me lanzó una pregunta inesperada.

—¿Las promesas se tienen que cumplir?

—En principio, sí…— le contesté.

—Hasta ahora no he tenido oportunidad—continuó, bajando la mirada, como disculpándose.

—Las promesas conviene cumplirlas cuanto antes— repliqué con un cierto toque de seriedad.

—Es que… prometí acudir al santuario de Lourdes para dar gracias con toda mi familia y… ¡contigo! Te incluí en mi promesa. Pensé que, de entre todos mis amigos, tú eras el que mejor me entendería. No sé si hice bien sin contar con tu permiso…

—No seré yo quien te impida cumplir la promesa…—, le dije de inmediato con una sonrisa, al tiempo que mi amigo relajaba su semblante—. Más aún, me encantará acompañaros.

—¡Por fin! — respondió feliz mi amigo.

—¿Desean tomar algo más los señores? — preguntó la camarera, marchándose en ese momento la señora que atendía.

Miramos el reloj del establecimiento. Era ya tarde. Le dijimos que no y que muchas gracias. Mi amigo soltó una propina. Terminamos con las cervezas y las patatas fritas.

Nos quedó la duda de si la camarera y la señora de la mesa vecina se habían enterado de lo que estábamos hablando.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s