El caracol perezoso

—Vamos, vamos, ¡más rápido! —gritaba el niño a su caracol mascota—. Si no pones más de tu parte, caracol perezoso, nunca ganaremos la carrera.

Eso mismo pensaba él.

Siempre su jovencísimo amo le repetía lo mismo: que era un perezoso. Y tenía razón.

Al despertarse por las mañanas, tardaba mucho en sacar la cabecita con sus antenas y abrir los ojos al nuevo día. Había que limpiar su casita —como la llamaba—, dejar todo ordenado, prepararse para segregar el mucus de ayuda al deslizamiento y otros detalles más. Pero todo lo hacía con gran lentitud.

Sabía que su amo le estaba preparando para una carrera de caracoles contra las mascotas de sus amigos. Era muy importante ganar, pero la pereza le perdía.

La carrera había sido fijada para el sábado a las diez de la mañana. Tenía que ser on line por causa del confinamiento. Como eran cuatro los amigos, decidieron usar una videoconferencia por WhatsApp. En los cuatro recuadros se verían los caracoles colocados puntualmente en la línea de salida, en el pasillo de la casa respectiva. En la meta debería haber una hoja de lechuga a una distancia de 30 centímetros de la salida. Los caracoles tenían que estar en ayunas desde el día anterior.

La tensión se palpaba en las manos de los amigos al depositar las mascotas en el suelo, con todo cuidado, justo en el momento en que las alarmas de los móviles se disparaban a las diez de la mañana. Una mascota, dos mascotas, tres mascotas, …  ¡faltaba la cuarta! Claro, la mascota perezosa. Su amo la estaba tratando de despertar acercándole a la boca la verdura que más le gustaba. El caracol se asustó mucho al ver por el móvil que la carrera había comenzado. Ya totalmente despierto, su amo lo puso en la línea de salida. Los otros tres llevaban un centímetro de ventaja. «¡Una eternidad!», pensaba el caracol perezoso, hasta que la voz alentadora de su amo le puso en movimiento. El caracol salió lanzado —es un decir— dispuesto a comerse el mundo (la lechuga).

Los minutos parecían horas. Las tornas habían cambiado. Iba a ganar el caracol perezoso, y así sucedió. Al llegar a la meta, éste se escondió en su casita. No quería recibir felicitaciones de nadie. Sabía que si había triunfado había sido por el aliento y la confianza de su amo. Decidió ese día luchar contra su pereza. La lechuga podía esperar.

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