El tercer pasajero

En un camarote de un tren de larga distancia, tres pasajeros se hallaban cómodamente sentados. Los dos más jóvenes disfrutando del paisaje, del lado de la ventanilla, y el tercero, ya mayor, con una pequeña bolsa de viaje, totalmente enfrascado en la lectura de un pequeño libro. Era indudable que el hombre tenía poco interés por los tonos maravillosos de los árboles en el final del otoño.

Al pedirle el billete, la azafata se sorprendió de que llevara consigo tan poco equipaje.  Por lo que le llevó a preguntar, en un español con acento eslavo, si las había dejado en algún otro lugar.

—No he traído maletas. No las necesito, gracias—. Contestación de quien se siente importunado por ser arrancado de su mundo interior.

De nuevo el silencio en el compartimento.

A los jóvenes el libro de su compañero de viaje les parecía un tanto extraño, a tenor del color gris de las tapas y de la grafía en caracteres cirílicos. ¿Podría ser ese individuo un ruso? Quizá lo fuera, pero el perfecto acento castellano de su breve respuesta indicaba a las claras cuál era su lengua materna.

—¿Le molesta que fume? —, se atrevió a preguntar sonriente el joven que estaba sentado a su lado, mientras hacía ademán de extraer su pipa.

—¿No sabe que está prohibido fumar?

—Tiene usted razón, disculpe. Pero, si no es indiscreción, ¿me podría decir el título del libro que está usted leyendo? Yo no entiendo el ruso.

—¡Pues yo sí! Ahora bien, para satisfacer su curiosidad le diré que se titula Viaje sin destino y trata de la inseguridad.

—Perdón… no sé si le he entendido bien. ¿De la inseguridad?

—Efectivamente. Según el autor no podemos estar seguros de nada, por lo que tampoco debería estar yo seguro del libro que tengo entre mis manos… Y si no hay seguridad en el libro, ¿qué me puede enseñar? Precisamente es eso lo que estoy intentando aclarar.

En estas estaban cuando habló el otro joven con ganas de intervenir.

—¿Y sus maletas? ¿Está usted seguro de que no las ha dejado olvidadas en alguna parte? —, pronunciando la palabra seguro con una mayor intensidad sonora.

—¿No ha oído lo que le he contestado a la azafata? No las necesito. De hecho, he subido al tren, y por casualidad he acabado en el compartimento que, según parece, me correspondía—. Esta vez fue él quien resaltó la expresión por casualidad.

—¡Menuda casualidad! —, corearon a dúo quienes ya se estaban divirtiendo con la conversación tan fuera de sentido.

—Tienen que conocer ustedes que yo no sé cuál es mi ciudad de destino. Lo único cierto es que tiene que haber una última parada, y en ella me pienso bajar. Eso es lo que dije en ventanilla: “Quiero un billete hasta el final de trayecto”.

—¿Cómo que no sabe en qué ciudad apearse? Lo tiene que poner en su billete o, si prefiere, se lo podemos decir nosotros si nos lo enseña—, dijo el joven de la pipa en nombre de los dos—. Ahora bien, si se trata del final de trayecto como usted nos ha comentado le podemos decir que este tren llega hasta…

—¡No, no quiero saber nada! —le respondió de inmediato—. Me comprometería. Imagínese que este tren terminara en Moscú. Tendría que llevar el equipaje adecuado, con todo lo necesario para afrontar el invierno moscovita. Prefiero la libertad de no pensar en nada, de no cargar con ningún peso. Me bastan la liviana bolsa y este pequeño libro que, además de entretenerme, me reafirma en mis planteamientos.

Los dos jóvenes se quedaron perplejos. Intercambiaron miradas de extrañeza y siguieron contemplando el bonito paisaje.  Se bajaron en Varsovia sin decir nada al tercer pasajero que seguía leyendo ensimismado.

Al cabo de tres días, una breve noticia, aparecida en un periódico de gran tirada, podría hacer referencia al hombre del libro: “Pasajero procedente de París ha sido encontrado muerto de frío en la estación de Moscú”.

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