Relato navideño El pastorcillo

Acto primero

Un zagal llora desconsoladamente muy cerca de la hoguera, encendida para vencer el frío de la noche. Le han encargado vigilar el redil de las ovejas. Está sentado sobre una piedra. Una pelliza le protege del viento. Lleva en su mano derecha una honda y, rodeando el cuerpo, una banda de tela doblada con cantos rodados por si fuera necesario usarlos como proyectiles.

Se acerca uno de los ángeles que han estado cantando Gloria a Dios en las alturas:

—Muchacho. ¿Qué haces aquí, solo y llorando? ¿No ves que tus compañeros se han ido a adorar al niño que acaba de nacer?

—El pastor principal me ha mandado que me quede para vigilar el rebaño. Yo soy el pequeño. A mí me mandan todos…

—Y también te mando yo. Sal corriendo al portal, que haces mucha falta.

—¿Yo?… Si no sé hacer casi nada. Además, no tengo ningún regalo que llevar al niño.

—El regalo eres tú mismo. ¡Corre! No hay tiempo que perder. De las ovejas me cuido yo.

Y el pastorcillo, que se llamaba Andrés y al que todos le llamaban Andresito, salió en dirección a Belén, secándose con la manga las lágrimas de sus ojos, en tanto que corría y corría deseoso de reunirse con los demás pastores para contemplar la escena que tanto deseaba ver.

Llegado al pueblo, Andresito pregunta por un niño recién nacido. Una mujer ha salido de su casa hasta el pozo, alumbrada por un candil, pues se ha quedado la familia sin agua y no quiere despertar a los vecinos.

—Perdone, buena mujer, ¿no sabrá por casualidad si esta noche ha nacido un niño en la aldea?

—Te contestaré si antes me respondes a mi pregunta. ¿Qué sabes de esas luces en el cielo y de esos cánticos que se oían hasta aquí? Procedían del redil donde guardáis vuestras ovejas. Me parece todo tan misterioso. El pueblo está revolucionado estos días. Yo no había visto tanta gente junta a no ser en la Ciudad Santa. ¡Ah, sí! Recuerdo una pareja que buscaba alojamiento. Ella estaba en estado de muy buena esperanza, pero… ¡Todavía no has contestado a mi pregunta!

No sabría él decir el por qué, pero Andresito comenzó a tener miedo. Iba a hablar y las palabras se quedaban en su boca. Presentía un peligro para el niño. Nada menos que descendiente del rey David. Era más prudente no soltar prenda.

—Me tiene que perdonar de nuevo señora. Yo no sabría darle una explicación que usted pudiera entender. Además, me estaba viniendo el sueño.

Y las dos cosas eran verdad. Andresito no quería ni sabía mentir.

—Bien. Veo que no me vas a servir de mucho… La pareja de la que te acabo de hablar no encontró posada. El niño puede haberles nacido en cualquier parte…

Al instante Andresito recordó que el Ángel había hablado de un pesebre. ¿Los pesebres no son para el ganado? ¿Y el ganado no se guarda en cuevas? Así que el zagal se alegró mucho. La única cueva que conocía estaba a las afueras del pueblo, en una ladera del monte que lo protege del viento. Por lo que se decidió a ir a esa especie de gruta con la convicción de que allí se encontraría el niño que buscaba.

Acto segundo

La gruta estaba llena hasta rebosar. Desde la entrada se veían los pastores y los regalos que portaban para el niño. Unas antorchas alumbraban la estancia. Pero ni al niño, ni a sus padres Andresito los alcanzaba a ver. Muy pronto se enteró de que la madre se llamaba María y el padre José. Colándose entre todos consiguió llegar a donde estaban los tres. Los padres embelesados contemplaban al niño que dormía plácidamente en el pesebre.

La osadía de Andresito no tenía límites:

—Señora María, soy Andresito. ¡Qué niño más guapo! No he visto otro igual.

—Andresito, no seas adulador, aunque en este caso resulte ser como tú dices.

—¿Qué nombre le va a poner, señor?

A José le sorprendió esa pregunta tan directa. Se quedó dubitativo por unos instantes y al fin contestó:

—Hemos pensado, María y yo, que se llamará Jesús. Ya sabes lo que significa ese nombre: “Dios salva”.

Andresito estuvo a punto de desmayarse de alegría. El ángel les había hablado de que el recién nacido era el Mesías, el Señor, el tan esperado Salvador de Israel. La Virgen se dio cuenta de lo que le pasaba al chico y le sonrió. Fue en este momento cuando perdió la noción del tiempo. Estuvo como en éxtasis, mientras sus compañeros lo apartaban para hacer un hueco y poder mostrar sus regalos a María y a José. Todos eran artículos de primera necesidad, según el modo actual de hablar. Vuelto en sí, otra vez en la entrada del portal, Andresito se puso a cantar. Se dejó llevar por los sentimientos de amor y de paz en el silencio de la noche. ¿Fue éste el nacimiento de lo que luego sería la canción de Navidad por antonomasia, Noche de paz? Nunca lo sabremos. Andresito tampoco. Mientras todos estaban felices al entregar sus regalos, Andresito empezó a ponerse triste. No traigo ninguno, se decía. Pero el Ángel le había dicho que era muy importante su presencia en la cueva. ¿Qué había querido decir?

Acto tercero

Seguía Andresito cavilando lo que el Ángel quiso decirle, otra vez delante del pesebre, cuando observó algo que se movía cerca de donde estaba durmiendo el niño. No lo dudó un solo instante. Se trataba de un pequeño, pero no por ello menos peligroso reptil que se iba acercando paulatinamente al recién nacido. Y entonces Andresito gritó con todas sus fuerzas, señalando una especia de culebra:

—¡María, Jesús está en peligro!

La madre saltó con gran agilidad hacia donde estaba la serpiente y con su pie, protegido por la sandalia, le aplastó la cabeza. José, que estaba algo más lejos, se había abalanzado con su bastón que terminó de rematar al peligroso ofidio. Enseguida se reunieron los dos para averiguar el uno de la otra si habían sufrido algún daño. Afortunadamente estaban ilesos. María buscó con su mirada a Andresito, que se había escondido porque le daba vergüenza ser el centro de atención y no quería recibir ningún agradecimiento por lo que él consideraba una acción que cualquiera podía haber llevado a cabo.

—Andresito, José y yo misma te estamos muy agradecidos. ¿Qué habría sucedido con el niño si tú no hubieras estado presente?

Y entonces María estampó a Andresito un beso en su frente del que jamás se olvidaría.

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