El despido

Sentía que el mundo se le echaba encima como si un peñasco enorme se hubiera desplomado y estuviera a punto de aplastarle. El sudor empapaba su cara. Antes se había secado las lágrimas con el pañuelo con el que ahora se secaba el sudor. Le habían despedido del trabajo.

¿Qué podía hacer a sus cincuenta y pocos años, casado, con tres hijos, la mujer sin trabajo y la hipoteca sin terminar de pagar? Eso último es lo que más le agobiaba. Quedarse en la calle, él con su familia, quizá durmiendo en la auto caravana que habían conseguido pagar a plazos, de segunda mano… No tenía otros recursos, salvo unos pequeños ahorros que les permitirían durante un cierto tiempo comer y comprar algo de ropa y, en su caso, medicinas. Tenía que acudir a las oficinas del paro y ponerse en cola, como uno de tantos, que, como él, estarían buscando angustiados una tabla de salvación.

Salió a la calle.

Mientras caminaba le venían a la mente, una y otra vez, las breves frases que le dijo el director de su empresa en su última entrevista, cuando le hizo ver que ya no contaban con él: “Has trabajado muy bien. Llevas muchos años. Necesitamos gente más joven, con menos aspiraciones… ¿Tú me entiendes? Te agradecemos todo lo que has hecho. Te vamos a echar de menos…”.

Estas últimas palabras le martilleaban especialmente en la sien: “Me van a echar de menos…”. No concebía cómo el dinero se imponía de ese modo al buen trato humano que había tenido con todos. Tenía la sensación de que eran “otros” quienes decidían por sus jefes inmediatos. En último término, el Consejo de Administración.

Conforme se iba acercando a su destino, le venían a la imaginación los rostros queridos de su mujer e hijos que le miraban con cariño y le decían: “No te preocupes. Ya verás cómo vas a encontrar muy pronto trabajo. Dios no nos va a abandonar”. O bien: “Si hace falta renunciaremos a nuestros caprichos. Cuenta con nosotros”.

Estos pensamientos le volvían a emocionar, pero esta vez ya sin lágrimas para verter y un poco más fortalecido. Se decía a sí mismo: “Las cosas tienen que salir y saldrán”.

Ya en la cola, iba observando a su alrededor caras de preocupación, de haber dormido mal, de no comer lo suficiente y se vio retratado en alguna de ellas. Dejó adelantar a la persona que estaba inmediatamente detrás de él, pues vio claramente un grado de angustia muy superior al suyo. Al menos se sintió mejor después de esa buena acción que su conciencia atestiguaba.

Cuando le llegó el turno se encontró con la sorpresa de que, justamente en el momento de sentarse, se producía el relevo en la mesa de atención a los parados. Y, ¿cuál fue su sorpresa? Allí hacía aparición su antiguo compañero de Universidad, con quien había coincidido tantas veces estudiando juntos y a quien tanto había ayudado. Los demás compañeros decían que sin su ayuda su amigo no habría acabado la carrera.

Ambos se miraron mutuamente y una sonrisa respondió a otra: la primera de agradecimiento y reconocimiento; la segunda de angustia y súplica. Su amigo le garantizó que haría todo lo legalmente posible. Y así fue. Cuando se volvieron a ver se estrecharon en un afectuoso abrazo.

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