Un sueño misterioso

Soñaba un amigo mío que un niño recién nacido era lanzado al mar, y que éste se ponía a nadar de inmediato, guiado tan solo por la potente luz de un faro lejano, que le iluminaba en la oscura bahía. El instinto de supervivencia le hacía mover sus bracitos y piernecitas, con la cabeza levantada, para no tragar agua y poder así respirar.

La criatura había dejado la comodidad de su vida en el interior de la madre. Ahora se estaba enfrentando a algo pavoroso: el mar y sus peligros. Muy cerca del crío veía éste una barquichuela desde la que le habían lanzado un pequeño neumático salvavidas a su medida. Bastaba con que se dirigiera hacia él…

Mi amigo se despertó de golpe en ese mismo momento, según me contó unos días más tarde. Encendió la luz de la lamparita. Se restregó los ojos. Eran las tres de la madrugada.

“¿Qué significaba ese sueño?”, se comenzó a preguntar. “¿Había sido una pesadilla?” Indudablemente que sí. “¿O acaso una advertencia del más allá?”. No sabía qué contestar.

Se puso el albornoz y comenzó a caminar por la habitación. Salió al balcón. La noche refrescaba. Las estrellas brillaban en su máximo esplendor. Con su parpadeo intermitente parecían querer hablarle. Volvió a la habitación y se sentó en el sillón. Estaba solo. Todavía no se había casado. Sus padres dormían en la habitación contigua.

El despertador luminoso era el único testigo de lo que pasaba. Sus manecillas iban desplegando el tiempo dedicado a comprender lo que le sucedía.

Estaba claro —meditaba él— que en el seno materno nadie tiene idea de qué es lo que viene después; algo parecido sucede para quienes vivimos, pues no tenemos idea de qué viene después de morir. “¿O tenemos alguna?”, se interrogaba.

Concluyó que sí.

La luz del faro barredor de la bahía le hacía pensar en la capacidad que tiene el ser humano para razonar; pero también, que todo faro supone un farero responsable, que sepa guiar con él a los navegantes a buen puerto.

“El faro, el farero… La barca, el neumático…”.

“¿No será la vida una prueba en la que lo más importante que se nos pide sea que tengamos confianza en la luz del faro, y en quien nos lanza el neumático salvavidas, al tiempo que queramos realmente agarrarlo?”.

“¿Puede haber un faro sin farero? ¿Es necesaria la barca? ¿Lo es el neumático?”.

“El farero pide confianza en la luz del faro”, pensaba. «La barca es el lugar seguro para llegar a tierra». “El neumático… ¡la garantía de la libertad de que queremos llegar  realmente!”.

Me aseguró mi amigo que con estas consideraciones se volvió a dormir plácidamente.

“¿Qué suerte!”, le dije. A mí me habría costado conciliar el sueño…

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