Un viaje en autobús

Todas las mañanas salía de mi alojamiento y llegaba a tiempo para subir al autobús que me conducía a mi trabajo. Estaba empleado en una Compañía multinacional, pasando una corta estancia en una populosa ciudad todavía en desarrollo. Como el horario era bastante incierto, tenía que llegar con bastante antelación a la parada. El trayecto, sin embargo, era totalmente predecible, no así su duración. El autobús circulaba por una arteria de dirección única, atestada de toda clase de vehículos, que atravesaba de parte a parte la urbe. Afortunadamente no se trataba de ninguna localidad importante de la India…

Lo que habitualmente me esperaba era no encontrar asiento. Vestido de acuerdo con lo que dijera el hombre del tiempo, solía portar conmigo una cartera de mano y dentro un pequeño paraguas plegable por si fallaban las previsiones meteorológicas optimistas (cosa que no era raro que sucediera).

Ese día el autobús iba repleto de pasajeros, de modo que el conductor no abría las puertas en las paradas siguientes a la que yo tuve la suerte de subirme. Si alguien solicitaba bajar, el conductor lo abandonaba unos buenos metros por delante de la parada, dejando atrás al grupo de potenciales pasajeros que gritaban y gesticulaban enfadados bajo una desvencijada marquesina.

Pegada a mí —no encuentro otra frase mejor para describir la situación— tenía a una señora de bastante edad —ambos de pie en el pasillo— que iba hablando como para sí misma, articulando palabras incomprensibles. Ello podía ser debido al ruido ensordecedor del autobús —que parecía iba a fenecer de un momento a otro— o quizá a no haberme acostumbrado al habla del lugar, o a ambas cosas.

Aprovechando un semáforo en rojo, la señora terminó su soliloquio y gritó con toda su alma:  ”¿Es que en este autobús no hay ningún caballero?”, a lo que respondió de inmediato en voz alta un señor orondo,  que iba cómodamente sentado detrás: “¡Señora, lo que no hay son asientos!”.

La verdad es que si no llega a ser por la cara de contrariedad de la anciana hubiera dado rienda suelta a la risa, que tuve que contener no sin un cierto heroísmo por mi parte.

Nadie se movió de su asiento. Nadie se atrevió a mirar a la cara a la señora. Todos continuaron en sus posiciones como si nada hubiera sucedido.

Por mi parte, deseaba llegar a mi destino cuanto antes. Al cabo de media hora, descendíamos con dificultad muchos de los pasajeros; la mayoría como quien baja de un barco; algo mareados por el constante traqueteo y los frenazos. El señor orondo, el de la contestación, se las ingenió para bajar de los primeros.

Dejé pasar a mi obligada compañera de pasillo que me dijo sentenciosa: “En mis tiempos las cosas no eran así… No eran así…”.

“¿Por qué no pueden volver a ser así otra vez?”, pensé al bajar. Y continué diciéndome a mí mismo con absoluta convicción:  “A un anciano o a una anciana hay que cederles siempre el asiento”.

 

 

 

 

 

 

 

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