Un extraño sueño

Soñaba —no lo he vuelto a soñar— que a una madre le nacía un niño y éste era lanzado al mar. Inmediatamente se ponía a nadar, guiado tan solo por la luz de un faro que iluminaba la oscura noche. La incomprensión de la criatura era total. Instintivamente movía sus bracitos y piernecitas, con la cabeza levantada, para no tragar agua y poder así respirar. Sabía que era eso lo que tenía que hacer. Había abandonado la comodidad de la vida en el interior de la madre, pero de repente se estaba enfrentando a algo pavoroso: el mar y sus peligros. Muy cerca del crío había una barquichuela desde la que le habían lanzado un pequeño neumático. Bastaba con que pusiera una de sus manecitas encima.

Me desperté de golpe. Encendí la luz de la lamparita. Me restregué los ojos. Eran las tres de la madrugada. ¿Qué significaba ese sueño? ¿Había sido una pesadilla? ¿O acaso una advertencia del más allá? No sabía qué contestar. Me puse la bata y comencé a caminar por la habitación. Salí al balcón. La noche refrescaba. Las estrellas brillaban en su máximo esplendor. Con su parpadeo intermitente parecía que quisieran hablarme. Volví a la habitación y me senté en el sillón.

El despertador luminoso era el único testigo de lo que me estaba pasando. Sus manecillas me iban mostrando el tiempo que estaba dedicando en comprender lo que me había sucedido.

Está claro, meditaba, que en el seno materno nadie tiene idea de qué viene después de nacer; algo parecido sucede para quienes vivimos, pues no tenemos idea de qué viene después de morir. ¿O tenemos alguna?

Concluí que sí: El faro me hacía pensar en la capacidad que tenemos para razonar, pero también en que la información sobre esta cuestión no procede solo de lo que nosotros pensamos; otros también han pensado antes y nos han legado su pensamiento; también está el farero, el más importante, que nos indica el camino cierto a seguir hasta llegar a la ensenada, donde está él.

Vi con claridad que el sueño se podría aplicar a la razón y la fe, ambas convergiendo hacia la comprensión del mundo y del destino final, que es Dios mismo.

¿Y la barquichuela? Pensé en la Iglesia, como nave salvadora. Por muchos que sean los parches de sus barcas de salvamento se ha mantenido a flote desde más de dos mil años. A ella se han subido millones y millones de personas que han sido llevadas a puerto.

Ya tranquilo, apagué la lamparita y me dormí con estas consideraciones.

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