La estratagema

Marta y María eran gemelas, tan idénticas que no era fácil distinguirlas. Para sus padres y sus amigos sí, pues se fijaban en pequeños detalles diferenciales, como los que se encuentran en esos dibujos de Los 8 errores, en la sección de pasatiempos de algunos periódicos.

El hecho es que ambas hermanas vestían igual, hablaban igual, y, cuando les convenía, intercambiaban roles. Volvían locas a las profesoras del Colegio. En la Universidad se decía, con un cierto fundamento, que cada hermana había estudiado la mitad de la carrera… Se añadía a lo dicho la circunstancia de que las dos coincidían hasta en la primera letra del nombre, la M.

Tanto una como otra tenían novio. Cuando decidieron casarse, se barajó la posibilidad de que lo hicieran el mismo día, en la misma iglesia e incluso que la celebración fuera en el mismo restaurante. Y así fue, contra la opinión de los más, que defendían el protagonismo de los novios en su propia boda (como es razonable), si bien los padres se alegraron mucho por la firme decisión de las dos parejas de coincidir en todo en ese día, lo que comportaba un menor desembolso económico (cosa también, razonable).

Pasado un cierto tiempo, María contó a la familia que iba a tener un hijo, y tres meses más tarde lo mismo manifestó Marta, pero que estaba segura de que no nacerían el mismo día. Se echaron todos a reír cuando la madre intervino:

—Hija, yo no estaría tan segura de eso…

Últimamente a Marta se la notaba muy preocupada. Los padres averiguaron que su marido se había arrepentido de haber tenido un niño tan pronto; le decía que no podrían cuidarlo, que no tenían los medios suficientes, y algunos argumentos más. En definitiva, que Marta tenía que abortar, o con un eufemismo, interrumpir el embarazo. No había tiempo que perder, pues en pocos días se acababa el plazo de un aborto legal.

Los padres hablaron con su hija. Le dijeron que les ayudarían económicamente y que cuidarían del niño, mientras estuvieran los dos en el trabajo, pero la hija replicó que el marido la dominaba en este tema y que no se atrevía a hablar con él de ello. Más aún, había fijado ya la fecha en el Hospital.

Por su parte, María estaba muy ilusionada con la inmediata llegada de su criatura. Ya se sabía que iba a requerir de una cesárea y, puestos a elegir lugar y fecha de nacimiento, instintivamente, eligió el mismo Hospital y día que su hermana. María estaba al quite de lo que sucedía con Marta. Intentó hablar con ella de la cuestión repetidas veces, pero sin éxito.

Justo antes de las dos intervenciones, entabló la siguiente conversación.

—Marta, ¿te das cuenta de lo que vas a hacer? ¿No has visto las imágenes de la ecografía de tu hijo moviéndose, chupándose el dedo, dando patadas?… ¿No ves que es una criatura humana, con la única diferencia de hallarse dentro del seno materno y no fuera?

—Tienes razón, María. No sé qué hacer— contestó temerosa y avergonzada.

—¿Querrías tener el niño?

—¡Sí, con toda mi alma!

—Pues lo que hemos de hacer es lo que hemos hecho siempre, intercambiar los roles. Yo voy al quirófano del aborto y tú al de la cesárea.

Marta se quedó sin habla, pero hizo caso a su hermana (siempre la había considerado más inteligente que ella, y en esta ocasión lo volvía a comprobar).

Cuando los médicos de un quirófano se dieron cuenta de que el niño de M. Fernández (María) era de casi nueve meses, se asustaron. Pararon inmediatamente los preparativos para el aborto. La ley hubiera sancionado esa acción como un acto criminal. Se decidieron por la operación cesárea, a petición expresa de la madre.

De otra parte, cuando los médicos del otro quirófano se enteraron de que el niño de M. Fernández (Marta) era de tan solo de seis meses, información revelada por la madre, procedieron a la cesárea como ya estaba previsto y dieron órdenes para que fuera llevado a la incubadora.

Terminadas las operaciones, los dos padres fueron reclamados por los médicos, en el despacho que compartían. Les dijeron que todo había ido bien, que las madres y sus bebés estaban también muy bien. Y a continuación les recriminaron severamente que les hubieran engañado con los tiempos de gestación.

El marido de Marta no escuchaba nada. «¿Cómo puede estar vivo mi hijo?», se preguntaba. Y uno de los médicos, adivinando el pensamiento, le preguntó:

—¿Cómo no nos advirtió que era de nueve meses? —. El padre calló.

Que su hijo estuviera vivo, no se lo acababa de creer. La felicidad de tener su primer hijo le embargaba, mas el remordimiento de lo que hizo para no tenerlo nublaba su alegría. Decidió ir a ver a su mujer cuanto antes. La encontró en la cama, serena. Le dio un beso. Ella le informó de lo que le habían prometido sus padres y que el niño vivía gracias a una estratagema de su hermana.

Él tan solo dijo:

— Marta, estoy muy contento, perdóname, ¡saldremos adelante! —y se puso a llorar.

Los médicos tardaron un cierto tiempo en descubrir qué había pasado.

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