El triángulo

«Se trata de un idiófono». La primera vez que oí esta expresión, refiriéndose a mí, me pareció despectiva; mucho peor, como un grave insulto. No tanto porque procediera del grave señor que charlaba tras el mostrador, cuanto que el comprador asentía como si dominara el significado de la extraña palabra: idiófono.

Idiófono, idiófono, … me repetía. ¿Seré yo un idiófono? Y en realidad sí que lo era y lo sigo siendo, con mucha honra. Ya sé que soy uno de los instrumentos menos utilizados en cualquier orquesta y ausente en la mayoría de las composiciones musicales. Soy un humilde triángulo, perteneciente a la familia de los idiófonos, a esos instrumentos que se bastan a sí mismos para sonar (aunque nos tengan que percutir para ello).

Cuando estaba en la tienda, anhelaba que alguien se fijara en mí y me llevara con él. Soñaba que quien me viniera a comprar fuera el gran director K. (no hay otro igual). Y sin embargo apareció un ayudante de orquesta, quizá el que se encarga de colocar las partituras en los atriles.

Y ahora que me hallo en mi modesto estuche, pasan los días sin que nadie me saque de él para, ¡por fin!, actuar en público. Durante ese tiempo no paro de pensar. ¡Qué envidia me dan los violines!  Y el violín del concertino… ¡lo importante que es! Pero el instrumento que más me gusta es el violonchelo. Parece que habla. Arranca sentimientos. Puede hacer llorar.

¿Por qué existo? Como instrumento debo de ser muy antiguo. Mis antepasados tendrían formas muy variadas hasta que se comprendió que la forma triangular era la que mejor sonido daba. Dicen que me impongo a toda una orquesta pero que no soy capaz de dar una nota bien definida. Y, sin embargo, siguen contando conmigo. Está claro que soy útil.

Mis sonidos han estado en las mentes de grandes compositores, como ahora lo están en la cabeza de los mejores directores de orquesta. Si componer es crear, participo del pensamiento creador de los grandes. Me conformo con esto. Ya no envidio ni a los instrumentos de cuerda, ni a los metales, ni a las maderas, ni a los bombos y platillos. Quizá un poco al arpa y un mucho al piano.

Hoy es el gran día. ¡Qué sudores he pasado en los ensayos! ¡Qué responsabilidad en el estreno! Yo actuó a mitad de la obra y también al final, como si fuera la guinda de un pastel. Mira que si el percusionista se equivoca… ¡Seguro que no! ¡Será todo un éxito! Después, vuelta al estuche, con la alegría de haber servido.

Un comentario en “El triángulo

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s