Una llamada

El móvil sonaba insistente. Él tuvo una premonición de que algo malo estaba sucediendo. La hora… el número desconocido… Normalmente nunca contestaba a llamadas que no estuvieran en su lista. Pero, esa llamada…

Dejó que sonara. Sabía que si era importante volverían a llamar. Se dirigió a la habitación de su hija. Llevaba días en que la encontraba distinta. Había perdido la alegría habitual. No le miraba a los ojos. Incluso había cambiado su vestimenta apretada por una más ligera. Esa noche había regresado a casa antes de lo habitual y se había acostado sin cenar. El corazón le comenzó a latir sin saber por qué.

El teléfono seguía sonando. Si viviera su mujer ella habría contestado inmediatamente. Llamó con suavidad y al no oír nada, abrió la puerta y encendió la luz. ¡No estaba! Era claro que se había marchado. Había dejado todo ordenado como solía hacer siempre. ¿Dónde estaría? ¿Sería ella la que estaba llamando con otro móvil?

Por fin se decidió y aceptó la llamada.

—Le llamamos desde una clínica. Hemos encontrado su número en el móvil de su hija y nos hemos decidido a llamarle.

—¡¿Mi hija?! ¿Está bien mi hija?

—Cálmese. Le explicaré. Su hija llegó esta madrugada muy angustiada para interrumpir su embarazo en nuestra institución. La tuvimos que atender, como solemos hacer. El hecho es que se ha producido una complicación al comienzo de la operación. Necesitaríamos saber de usted unos datos médicos que nos son imprescindibles para poder pararle la hemorragia.

—Mi hija tiene dieciséis años. ¿Cómo se han atrevido a hacer una cosa así sin contar con su padre? ¡Les demandaré —¿me entienden? —, les demandaré!

—La ley nos amparará. Va a salir una legislación que permitirá a las menores de dieciséis y diecisiete años acudir a nuestros centros sin permiso paterno y ni siquiera informar en caso de que la chica tema represalias de sus padres.

—¡Ojalá que esa nueva ley no salga nunca! Pero ustedes están bajo la actual ley y mi demanda se apoyará en ella. Como muera mi hija, ¡prepárense!

—… Señor, no hay tiempo que perder. Nos puede decir si tiene alguna enfermedad congénita. Ella está inconsciente.

—¿Han comenzado el aborto, que así se llama?

—No todavía.

—Pues les daré la información que necesitan, con la condición de que paren lo que iban a hacer, despierten a mi hija y me den opción para hablar con ella.

—Bien… de acuerdo.

—De pequeña le detectaron…

Pasaba el tiempo. El teléfono volvió a sonar. El mismo número. Esta vez no tardó el padre un segundo en contestar.

—Papá

—Hija, ¿cómo estás?

—Bien…

—¿Y la criatura?

—Viva, en mi interior. Ya sabes lo que me ha sucedido, papá. No quiero seguir con el aborto. Te paso con el médico.

—Doctor, ya ha oído lo que me ha dicho mi hija. No quiere continuar. Así que, si hay que abonar algo dígame cuánto. Por cierto, en dónde está la clínica, que voy ahora mismo para allí.

Al llegar, padre e hija se abrazaron. La clínica no quiso cobrar nada (estaban fuera de la ley). Ya en el camino de regreso, el padre se dirigió a la chica:

—Hija, ¿por qué no me habías dicho nada?

—Una amiga me convenció de que era lo mejor para evitarte un disgusto. Pero ahora me doy cuenta del error cometido. Yo seré la madre de la criatura a quien querré tanto como tú me quieres a mí.

—Y yo seré el abuelo, con mi primer nieto.

—¿Has dicho nieto?

—Bueno… o nieta.

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