La escalera

Trabajaba como aparejador en la construcción. Con frecuencia acudía personalmente con mi furgoneta a una tienda importante, especializada en cualquier clase de utensilios o herramientas que se necesitan en los trabajos de mi ramo. En particular, escaleras de mano, de todo tipo y tamaño. Me intrigaba una muy particular: una escalera plegable, como las que usan los bomberos, pero que rara vez —por no decir nunca— se emplean en construcción.

Y allí estaba esa escalera, ocupando un lugar privilegiado de la tienda. De un color verde chillón muy atractivo y un precio excesivamente bajo, en mi opinión. Mi curiosidad crecía cada vez que entraba y la veía en su sitio sin que, al parecer, nadie se hubiera interesado por ella, a pesar de ser una verdadera ganga.

Pero, ¿quién podría querer una escalera así? ¿Los bomberos…? Seguro que ellos compran escaleras homologadas, con unas especificaciones que, con total certeza, la de la tienda carece.

Mi curiosidad superó el límite de mi timidez y me decidí a entablar conversación con la dependienta principal, una señora de una cierta edad, habitualmente callada, pero muy eficaz y resolutiva. Le dije, después de los saludos habituales:

—Señora, esa escalera plegable… ¿Hasta qué altura puede llegar? —.  Me respondió inmediatamente:

—La de los áticos de las casas vecinas. Tiene que saber usted que en ellas vive la gente más adinerada del barrio. Son esas casas nuevas, pegadas a las que usted está construyendo.

—Ya —le contesté—. Pero, ¿quién puede tener interés en esa escalera?

—Los ladrones —replicó sin inmutarse.

— ¿Los la…? — me atreví a pronunciar en voz alta, sin poder terminar la frase.

— ¡Sí, sí, los ladrones!, como acabo de decirle. Es que me da mucha pena que alguno se pueda hacer daño escalando las casas. Si yo les procuro una buena escalera que sea segura, habré evitado un accidente.

Me quedé realmente perplejo. El argumento parecía impecable. No se podría afirmar que era una colaboradora directa de los robos, que de hecho se estaban produciendo en el vecindario, aunque eventualmente un ladrón pudiera comprar y utilizar una de esas escaleras en sus fechorías. Sin embargo —si fuera este el caso— sí que se podría decir, al menos, que era una colaboradora indirecta que se lucraba de su venta.

Cuando esgrimí estos argumentos me contestó con una indiferencia que me dejó helado:

—Yo vendo escaleras y otros productos. Soy una profesional de la escalera. Y lo que la escalera debe procurar es que alcance el objetivo y sea segura. No me venga usted con remilgos morales.

Cuando salí de la tienda me di cuenta de que había desaparecido la escalera objeto de mi curiosidad. No comenté nada. Al día siguiente, al despertarme y escuchar las noticias de la radio local, me enteré de que esa misma noche se había producido un robo en el ático donde vive la dependienta.

Lo único que se sabía de los ladrones es que habían usado una escalera plegable muy extraña, sobre todo por su color verde chillón.

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