Padre e hijo

Por las tardes —si el tiempo lo permitía— padre e hijo salían juntos a navegar. El padre solía remar mientras el chico, sentado detrás, le daba conversación. El diálogo procuraba alejar la preocupación creciente de la familia por causa de la enfermedad de la madre. La comunicación se limitaba a las cosas más a mano o inmediatas, e incluso insustanciales.

Fallecida la madre, el hijo entró en un mutismo total. El padre no sabía qué hacer con él. Imaginaba que algo le reprochaba internamente, pero cuando le preguntaba qué le sucedía respondía con el silencio.

Decidió seguir llevándolo consigo en sus salidas marineras, con la esperanza de que cambiara de actitud y soltara lo que le carcomía por dentro. A ambos les gustaba la mar y, en especial, sentir la brisa marina.

Era el segundo día —después del funeral— que padre e hijo volvían a montar juntos en la barca. La tarde invitaba a la navegación. Se sentaron como de costumbre. El silencio reinaba a bordo, tan solo roto por el sonido del agua a causa de los remos.

Septiembre anunciaba el comienzo del otoño. Empezaba a rolar el viento y unos pequeños borreguitos se mostraban en derredor. Ensimismados como estaban —cada uno en sus pensamientos— se apercibieron tarde de que debían volver rápidamente a puerto.

La barca estaba siendo llevada por la corriente. El cielo se ennegrecía. Los nubarrones amenazaban con descargar una buena cantidad de agua. La tormenta estaba a punto de comenzar.

El chico fue el primero que dio la voz de alarma.

—¡Galerna! — gritó con fuerza.

El padre se quedó quieto. Dejó de remar. “¡Mi hijo ha hablado, mi hijo ha vuelto a hablar, …!”, se decía a sí mismo, sin advertir por la emoción el grave peligro que corrían. La barca había enfilado peligrosamente las rocas del espigón del puerto.

Fue el chico quien tomó la iniciativa.  Agarró uno de los remos con las dos manos y casi le ordenó a su padre que tomara el otro con las suyas. Ambos se pusieron a remar con todas sus fuerzas logrando evitar lo inevitable. La barca consiguió bordear las rocas sin sufrir daño alguno hasta ponerse a resguardo.

Ya en la orilla, después de un breve respiro, todavía subidos a la embarcación, el chico se dirigió al padre en tono brusco.

—Papá, tú me mentiste.

—¿Qué estás diciendo?, hijo. No te entiendo —contestó el padre con la mirada cariñosa de siempre.

—Mamá no murió de lo que me habías estado contando. Lo descubrí al leer una de las recetas que dejaste abandonada sobre su mesita de noche.

—Hijo, te he estado ocultando la verdad de su enfermedad por tu propio bien. Si hubieras sabido lo que tenía tu madre habrías sufrido tanto o más que yo.

—Pero si yo hubiera sabido el verdadero mal de mamá y lo poco que le quedaba de vida, ¿no crees que habría rezado mucho más por ella, que me habría volcado muchísimo más, con todo mi amor?

—Tienes razón, hijo —replicó sereno el padre—. No supe valorar tu madurez. Los padres pensamos que los hijos seguís siendo siempre niños, y nos cuesta entender que llega un momento en que ya no lo sois. No he sabido compartir contigo mi dolor. Perdóname.

El chico se quedó en silencio. Daba la impresión de que iba a volver a su mudez. Mas de repente se decidió a hablar, inclinando un poco la cabeza.

—Papá, tú eres quien me tiene que perdonar… a mí.

Las lágrimas comenzaron a brotar abundantes, confundidas con las primeras gotas de lluvia. Y un largo abrazo, que parecía no terminar nunca, unió a ambos para siempre.

Amarraron bien la barca y abandonaron a toda prisa el puerto. El aguacero había comenzado.

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