El profe

«El amor es más fuerte que la muerte. Quien no esté convencido de estas palabras no puede prometer a nadie: “siempre te amaré”; como mucho: “te amaré toda la vida” ; o como se estila ahora: “te amaré hasta que se acabe el amor”».

El profe de Filosofía, como le llamaba ella, la tenía embelesada en sus clases. Ella sabía que en el amor tenía que estar la felicidad. Cuando pensaba en el final de la vida, concluía —siguiendo la ideología dominante— que la felicidad no podía ser para siempre. Pero, ¿se puede ser verdaderamente feliz sabiendo que el amor tiene su final definitivo?, se preguntaba. Los niños son felices porque piensan que la infancia no acaba nunca. Es un juego continuado. La vida es para ellos como un videojuego interminable.

Y he aquí que el profe de Filosofía había puesto el dedo en su llaga existencial. ¿Sería él capaz de curarla? Siguió escuchándole con suma atención.

«Si la muerte tiene la última palabra, ¿qué sentido tiene la vida? Toda la evolución converge en el hombre y en la mujer, capaces de conocerse, amarse y multiplicarse en nuevos hombres y mujeres. Además, todo está “pensado para hacer posible la vida humana”. ¿No estará todo —me pregunto— “pensado para que lo más valioso de la vida humana, el amor, y con él la felicidad, no se pierdan para siempre?”».

Al término de estas palabras ella se había desvanecido, perdida la percepción del espacio y del tiempo. Las palabras del profesor: “Señorita, que la clase ha terminado”, no hacían mella en ella. Los últimos en abandonar la sala no paraban de sonreír. El más curioso se quedó mirando la escena, con la puerta del aula entreabierta.

Por fin, ella despertó a la realidad y lo primero que musitó fue un:

—Gracias, profe.

—Perdone, gracias ¿por qué?

—Porque nunca he oído hablar así del amor, la muerte, el sentido de la vida, la felicidad. ¿Usted cree todo lo que dice?

—Si no lo creyera, estaría en otra parte, habría elegido otra profesión. La Filosofía se ocupa de buscar la verdad. Yo creo en la verdad. Voy en su busca. Estoy convencido de que lo que acabo de exponer es verdadero. Negarlo conduciría a un absurdo de todo lo que existe. Pero… no debo seguir hablando. La clase ha terminado. Ese alumno que se ha quedado mirando podría pensar que yo la estoy cortejando…

Y dichas estas palabras, el llamado profe abandonó la sala pensando la suerte de no estar jubilado todavía. La llaga existencial en ella había comenzado a cerrarse.

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