Los nuevos Inocentes

Era un 24 de diciembre. Ese día Marisa se había acostado antes por causa de su estado, a pesar de ser esa noche Nochebuena; mañana sería la Navidad, como oía cantar a un grupo de chicos delante de su casa. Había que darles algo de aguinaldo. Se levantó con cuidado, buscó en su monedero y encontró un billete de cinco euros que arrojó por la ventana en espera de que los muchachos lo vieran volar hacia ellos, como así fue. Se lo agradecieron mucho con un Campana sobre campana, a dos voces, con la alegría desbordante de la juventud.

Sin embargo, ella estaba triste y se sentía sola. Se había preparado un caldo caliente y una pechuga de pollo al microondas. Para postre un yogurt. Nada de alcohol. Enseguida le vino a la mente la pesadilla que había padecido la noche anterior. Un grupo de hombres sin rostro iba repitiendo a voz en grito: “No queremos que éste reine sobre nosotros”, mientras unas guadañas segaban las vidas de unos pobres niños.

«¿De dónde me habrán surgido estas imágenes? —se empezó a preguntar—. Sin duda del próximo día de los Inocentes —se contestó a sí misma con seguridad—. Pero, ¿y la frase? ¿De dónde me habrá venido? ¿De algún libro leído recientemente? ¿De alguna película histórica?…». No encontraba respuesta a esta segunda cuestión.

Marisa se encontraba muy inquieta, embarazada de casi seis meses. La clínica abortista le había asegurado que todo iría bien, que la interrupción de su embarazo estaba asegurada. Tenía fecha para pasado el primero de año. Que no se preocupara de que superara los plazos. Ellos lo arreglarían…

Y de repente… Se le encendió una luz: «¡Es mi pareja quien no quiere que la criatura reine sobre nosotros! Que el niño rompa sus planes de independencia. Por eso me ha asegurado que me abandona si nace el niño… a no ser que… yo haga de Herodes con él».

Marisa se echó a llorar con lágrimas incontenibles. El móvil empezó a sonar una y otra vez. Mas ella no respondía. Alguien llamó al timbre de la puerta repetidas veces. Solo se abrió gracias a los bomberos que encontraron a Marisa sin conocimiento y con un papel en la mano en el que se podía leer: “No matéis a mi hijo”.

No había tiempo que perder. Marisa fue llevada de urgencias a la clínica más próxima. Las contracciones habían comenzado. Había que inducirle el parto. Muy peligroso en esas circunstancias. No había otra solución si se quería salvar la vida del niño y la de la madre.

Ya en la habitación, terminada felizmente la operación, Marisa había recuperado la conciencia. Los médicos habían actuado con pericia. Cuando a la madre le mostraron durante unos instantes la criatura recién nacida, una alegría indescriptible le inundó por completo. Se empezó a imaginar que se hallaba en Egipto, segura, bajo una palmera repleta de dátiles, con el niño entre sus brazos. Y en esos momentos le comenzó a entrar un sueño profundo hasta que se quedó dormida.

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