Blanco y negro

Blanco y Negro era una publicación de principios del siglo pasado, al estilo de Hola, pero con menos medios económicos y no digamos técnicos. Pero este relato no trata de revistas del corazón o similares.

El enfado de mi amigo Jaime era comprensible, al contemplar los dos un cuadro en una Galería de Arte, en la que coincidimos casualmente: “¿Cómo se puede llamar arte a ese lienzo ―decía, señalándolo con la mano― que tiene un único color y éste es el negro, con total ausencia de tonalidades, aunque el fondo sea blanco?”.

El negro llenaba todo el cuadro. No lo comprendía, ni yo tampoco. Más aún, como es sabido, el negro es la ausencia de color. A mi amigo le tranquilizaba que el cuadro llevara por título en inglés “Negro sobre negro”; al menos no engañaba a nadie.

Esa pintura me recordaba el snob de un compositor musical que había escrito una partitura de una obra en tres movimientos que se titulaba 4’33’’ ―si escrito es la palabra acertada― en la que la orquesta debía interpretar completamente en silencio, durante los cuatro minutos y treinta y tres segundos que duraba la citada obra.

Cuando fue presentada por primera vez, el público no entendía nada. Y muchos se enfadaron. ¿Con toda razón?

¡Qué artista más extravagante! Ya se sabe que lo que el compositor pretendía era que el público se centrara exclusivamente en los ruidos que se producen en el propio auditorio, sin que sonara instrumento alguno.

A decir verdad, las demás creaciones de ambos artistas ―pintor y compositor― los consagraban con fundamento.

La conversación me hizo pensar sobre la confusión actual entorno a conceptos antitéticos como Blanco y Negro.

Hoy día se ha llegado al absurdo de afirmar al mismo tiempo una cosa y su contraria, como si el Blanco fuera el Negro o el Negro fuera el Blanco.

Nos despedimos.

De vuelta a casa seguí pensando que el bien y el mal, o la verdad y la mentira, no son pares de conceptos equivalentes.

Una sociedad basada en el relativismo moral, sin referencias a una ley moral superior, que fundamente los derechos humanos de todos, se hunde. No puede sobrevivir con libertad. Triunfa la ley del más fuerte. Los ciudadanos quedan inermes en la defensa de sus  derechos, en la invasión totalitaria de la propia intimidad y en la imposición ideológica de principios aberrantes.

Algo o mucho de esto ya está sucediendo con las legislaciones que tergiversan las nociones más básicas de lo que es la familia, o de lo que es un hombre y una mujer; la protección de la vida desde la concepción hasta su término natural; el derecho primordial de los padres a la educación de sus hijos, junto con el derecho que tienen a elegir el centro educativo más conforme a lo que ellos desean, y así un largo etcétera.

Finalicé mis pensamientos con la esperanza de que las cosas tienen que cambiar. Hay una mayoría silenciosa, y quizá dormida, que tiene que despertar y ponerse en marcha para legar una sociedad más humana, con auténticos valores, diferente. ¡Ojalá que despertemos a tiempo!

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