El muñeco de nieve

Llevaba días en el jardín, con  sombrero, pipa y bufanda. Los ojos, un par de canicas de cristal negro; la nariz, un pequeño tronco chamuscado y en la imaginaria chaqueta, tres botones. Los brazos, inexistentes, por miedo a que se vinieran abajo. Algo más gordo que cuando los tres hermanos lo construyeron, al grito de: “¡niños, hay que hacer un muñeco de nieve!”. Eran las vacaciones de Navidad.

           La voz autoritaria del padre los había catapultado al exterior de la casa, no sin que la madre se cerciorara de que los tres llevaban puesto el jersey. Hacía frío. El viento había parado. También los copos de nieve habían dejado de caer. Un manto blanco cubría el césped, con un espesor suficiente para modelar el añorado muñeco. Y así lo hicieron.

            Todavía seguía el muñeco de pie, como dueño y señor del jardín. Si fuera vivo respondería al nombre de Tom, como decidieron que se iba a llamar. Durante el tiempo de su corta vida —piénsese que para él el calor era la muerte— parecía como si el termómetro de la casa no funcionara; aunque en realidad la culpa la tenía el clima, empeñado en mantenerlo bajo cero.

            En el hemisferio norte lo que se pide en esta época es contemplar la nieve y disfrutar de ella. Los niños dejan volar su fantasía. Cualquier cosa les sirve de improvisado trineo. Las bolas de nieve se cruzan en el aire, golpean a los desprevenidos viandantes e incluso —en nuestro caso— iban a dar contra el pobre muñeco que, impertérrito, aguantaba las burlas de pequeños y no tan pequeños.

            La tarde es muy corta en invierno. La oscuridad recoge el testigo a la mortecina luz e invita a que cada familia se refugie en su propio hogar. ¡La familia! ¡Qué felicidad! Los cinco de nuestra historia —junto con los abuelos maternos— ocupando el inmueble alquilado.

            Era éste tan viejo que proporcionaba una renta francamente ridícula al propietario, a pesar de las subidas obligatorias que la ley imponía de tanto en tanto. Eso sí, no se podían hacer nuevas obras. Había que conformarse con la corriente de ciento veinticinco voltios, un solo baño para todos y una cocina de las antiguas.

            Las fiestas navideñas transcurrían felices. El muñeco de nieve —de tener sentimientos— se sentiría muy contento, e incluso desearía ser parte de la familia, estar con todos al calor del hogar… si bien la palabra calor le pondría muy nervioso. Si pudiera pensar, buscaría la forma de que también ellos sintieran que les quería, al menos por una vez. ¿Pero cómo transmitir un caluroso afecto, siendo él un pobre muñeco de nieve?

            Pronto encontró la solución, o así creyeron ellos, justo antes de despedirse de este mundo. Cuando el día que iniciaba el nuevo año los padres se despertaron tarde y salieron al jardín con los niños (los abuelos seguían durmiendo), se encontraron con un charco de agua en lugar del pobre muñeco. La nieve había desaparecido por completo. El sol llevaba horas enviando sus rayos con toda su energía. En el suelo, sobre el verde césped, se podía adivinar un esbozo de rostro, bien conformado, con lo que quedaba de Tom: el sombrero, la pipa debajo de la nariz, encima los ojos en su sitio y los tres botones de su imaginaria chaqueta formando un arco de clara sonrisa.

            ¿Y la bufanda?… se puede preguntar más de uno o de una…

            …se la llevó un viandante que tenía frío.

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