La discusión

Todo comenzó con una discusión en un descanso entre dos clases. Pedro estaba tratando de demostrar a otros compañeros suyos de Filosofía y Letras que “toda la realidad que percibimos es consecuencia de un proceso evolutivo, en el que el azar juega el papel director”.

Quienes le escuchaban estaban embobados con sus argumentos, salvo Luis, que en un momento dado dijo, en tono mordaz y descarado: “¡Anda ya! Para hacer caso a Pedro hay que tener más fe que Santo Tomás y todos los demás santos juntos”.

Pedro no se lo esperaba. Fue como un golpe bajo que no pudo devolver por falta de tiempo: la siguiente clase estaba a punto de empezar. Lo único que se le ocurrió decir a Luis fue: “A la salida nos vemos”.

Durante la hora siguiente, Pedro apenas prestó atención a lo que explicaba el profesor. Su mente trabajaba para ordenar las ideas que recordaba de los muchos libros que había leído al respecto.

Era consciente de que las tesis del azar estaban de moda. Muy difícil, pensaba, encontrarse en la Facultad con quien sostuviera la existencia de un Dios creador. En ese caso, las discusiones se eternizaban, pues a la pregunta de: “¿Quién creó a Dios?”, con la respuesta complementaria de: “Nadie. Dios no se creó a Sí mismo”, solía él replicar: “Dios no existe. Todo es fruto del azar”, o: “el Universo se ha hecho a sí mismo”.

Por fin terminó la clase y ambos se buscaron a la salida. Lo primero que Pedro dijo a Luis fue: “¿Qué te crees? ¿Piensas que no tengo argumentos sólidos que fundamentan lo que afirmo?”, a lo que éste contestó: “Los argumentos exigen un Argumento que les dé sentido. Los antiguos hablaban del Logos. ¿Sabes lo que significa esta palabra?”.

Pedro se quedó pensativo. Y el que iba a ser más tarde su mejor amigo continuó, sin esperar a que aquél respondiera: “Toda pregunta que se contesta es englobada por la contestación; si la pregunta que se plantea es sobre Dios —que es infinito— no hay contestación humana posible que la abarque en plenitud”.

Jamás a Pedro se le había ocurrido algo así. Entraron en el bar de la Facultad y pidieron un par de cervezas. Pedro y Luis se conocían de clase tan solo por sus nombres. Un profesor pasaba lista de asistencias.

“Veo que has estudiado el tema…”, dijo Pedro, después de chocar los vasos en un intento de rebajar la tensión, contestando Luis sonriente con un: “¡No lo sabes bien!”.

La conversación prosiguió sobre el azar como motor de la evolución. En un momento dado Luis planteó la siguiente cuestión: “Admitida la hipótesis del Big-Bang, toda la materia y energía acumuladas en un punto se expandieron siguiendo unas leyes bien precisas. Esas leyes son anteriores al momento de expansión inicial. ¿De dónde surgieron? ¿Quién decidió que fueran las que son y no otras? ¿Fue el azar o una Mente superior creadora y preexistente? Esas leyes físicas han permitido el desarrollo del Universo tal como lo conocemos, y lo que es más importante: la vida inteligente”

Pedro prefirió no continuar la discusión, a pesar de que le vinieron a la cabeza más ideas. Sugirió cambiar de tema y hablar de cosas intrascendentes. Llevaban ya mucho tiempo hablando. El cansancio del día hacía mella y pasaron a conversar de lo que hacía cada uno, de por qué decidieron estudiar la carrera de Filosofía y Letras, tan interesante y con —aparentemente— tan pocas salidas profesionales.

Pedro y Luis no eran amigos todavía. Lo llegaron a ser y muy buenos. Pedro agradecía la sinceridad de Luis, aunque no coincidieran en muchos temas; estaba harto de gentes que solo saben alabar en público las cualidades de los demás y no se atreven a corregir sus errores de un modo educado.

Después de renunciar ambos a la tercera cerveza, Pedro se despidió de Luis con la pregunta: “¿Qué plan tienes para mañana?” …

 

 

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