Los tres conquistadores

Siempre habíamos soñado con ir a la isla y tomar posesión de ella, como hacían los antiguos navegantes. Al llegar nos arrodillaríamos, besaríamos la tierra y haríamos ondear nuestra bandera en lo más alto para que el mundo supiera que ese pedazo de tierra nos pertenecía.

En estos sueños estábamos los tres hermanos: Ricardo, el mayor (ése era yo); Arturo, el mediano, y la pequeña Lucía, cuando nuestros padres vinieron a despertarnos.

—Niños, vamos. Despertaos de una vez. Asearos y a desayunar.

De nuevo nuestros maravillosos sueños habían sido truncados, una vez más, por el inapelable despertador.

Cuántas veces habíamos hablado los tres hermanos de los tesoros de la isla, de sus extraños habitantes, de sus animales desconocidos, …

La isla la teníamos al alcance de nuestra vista en el centro de la bahía, pero lo suficientemente lejos para que no pudiéramos llegar a ella a nado. Nos haría falta una barca, o una canoa, o una balsa, o lo que fuera.

En muchas ocasiones nos quedábamos sentados en la orilla contemplando la isla, sin decirnos nada, soltando la imaginación, cada cual viviendo su propia aventura, hasta que nuestra madre venía a por nosotros y nos recriminaba que no estuviéramos corriendo, saltando o jugando a cualquier otra cosa.

La isla nos fascinaba, Tenía un poder de atracción como el que ejercían las sirenas con el pobre Ulises, amarrado a un mástil de su embarcación. Pero nosotros no teníamos mástil, ni siquiera una pobre barca.

La segunda advertencia de nuestros padres hizo que obedeciéramos con rapidez. Ya en la cocina, nuestra madre se puso a hablar.

—Hijos, me tenéis preocupada. Es como si estuvierais en otro mundo. Tenéis un secreto y no nos lo comunicáis, a nosotros que somos vuestros padres. Si os metéis en algún peligro, ¿cómo os vamos a poder ayudar?

—Mamá —dijo Lucía con la boca llena de tostada con mantequilla—, soñamos con la isla. Queremos visitarla. Estamos seguros de que allí se encuentra un tesoro de los antiguos piratas.

—¿Cómo que visitarla?  —intervino Arturo con fuerza—. Lo que queremos es conquistarla.

Yo permanecía callado contemplando la escena: la cara de asombro de nuestra madre, la expresión de pirata de película de mi hermano, así como la boca abierta de mi hermana pequeña.

—¿Conquistarla? Pero si os hundiríais nadando a mitad de camino. ¿Me imagino que además tendríais que cargar con el armamento? Os tendría que ir a buscar en el fondo del mar— dijo nuestra madre socarrona.

—Pero… si tuviéramos una barca— apunté esa idea esperanzado.

Sabíamos los tres que a nuestro padre le había tocado recientemente una quiniela de once resultados, en una jornada de gran incertidumbre; expresión ésta que escuché de labios de mi padre sin entender gran cosa. Aunque desconocíamos la cantidad ganada, seguro que podría servir para adquirir una barca de las hinchables.

Y así fue como, portando un par de remos, montamos en nuestra embarcación que se nos antojaba una gran carabela, sin velas, ni cañones, rumbo a la isla. No se nos había olvidado la bandera —una madera con un viejo pañuelo anudado y en él una calavera pintada con rotulador—. En nuestras cabezas anudamos sendos pañuelos de color que encontramos en el baúl de las cosas viejas.

Atracamos en el único lugar posible, una playita mínima, y seguimos el protocolo previsto. Yo iba armado con una espada y mi hermano con un puñal, ambos de goma. Lucía prefirió llevarse el tirachinas (le encantaba), con el que había cazado algún que otro pajarito.

La inspección por la isla no condujo a resultado alguno. Tan solo asustamos a una pareja de cormoranes que estaban plácidamente descansando en una roca que daba al mar.

Dejamos plantada la bandera en lo más alto y regresamos felices, con la felicidad de los navegantes cuando vuelven a puerto.

Nuestra madre nos había estado esperando en la orilla sin perder ojo de lo que hacíamos. Ya todos en casa, nos tenía preparada una suculenta merienda.

Comer y hablar al mismo tiempo, ¡qué difícil! Ella, más tarde, contó con detalle nuestras aventuras a nuestro padre, quien decidió bautizar la barca —desde ese día— con el nombre de: “Los tres conquistadores”. Y así ha quedado en nuestro recuerdo.

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