El móvil

Nunca había podido yo imaginar el cambio que iba sufrir una familia amiga mía cuando los Reyes Magos del pasado año tuvieron la “feliz idea” de traer a cada hijo de esa familia un smartphone fabricado en China, aunque su origen sea irrelevante para el relato.

Los modelos iban de mayor a menor prestaciones (léase precio) en función de la edad. A los mayores les había correspondido un aparato que superaba con creces sus expectativas. Al pequeño de dos años, un modelo muy simple, con el que aprendió muy pronto a deslizar sus diminutos dedos por la pantalla y a divertirse con un juego elemental. De los modelos que ya tenían los padres se podría decir, comparativamente, que eran antediluvianos.

La ilusión aquel día fue máxima. Los mayores no sabían qué hacer con sus móviles viejos. Quizá regalarlos, pero ¿quién podría querer esos modelos ya obsoletos? El día transcurrió leyendo los cuadernillos de instrucciones, trasladando la información de los antiguos teléfonos a los nuevos, sincronizando con el ordenador familiar de la casa o con los portátiles que tenían. También bajándose cada uno las Apps gratuitas más apetecibles.

En un momento dado, la menor de las niñas lanzó un suspiro y dijo quejosa: “¿Este año no vamos a cantar villancicos?”. Se hizo el silencio. Los padres se miraron y volvieron la vista al espectáculo: cada uno con su móvil: los mayores ayudando a los pequeños que pedían auxilio informático cada dos por tres; los medianos, en lo suyo, como si estuvieran ellos solos en la sala de estar.

El padre lanzó la idea de cantar “Campana sobre campana…” y uno de los hijos en un abrir y cerrar de ojos dijo: “¡Ya he encontrado la letra por Internet! “. Los demás se abalanzaron sobre su móvil. Cuando todos tenían ya la letra, empezaron a cantar al unísono. Pero enseguida volvieron a enzarzarse cada uno con su maquinita.

Los padres se fueron a la cama preocupados. “¿Había sido esta una buena idea?”, se preguntaban. Todavía no se imaginaban lo que se les iba a venir encima.

“Niño, deja el móvil, que estamos en la mesa comiendo”; “Pero, ¿cuántas veces he de decirte que quites el sonido cuando estés con gente”; “Es de muy mala educación atender una llamada cuando estás hablando con alguien” ; “Pero si siempre estás con el móvil en las manos y si te falta un dato, en lugar de preguntar, lo buscas en Wikipedia”; “Háblame en directo, mirando a la cara, ya estoy harto (harta) de que te comuniques conmigo con WhatsApp a un metro de distancia” ; “Deja de enviar mensajes por la noche. No duermes tú ni dejas dormir” ; “Ya es la tercera vez que te ha sonado el móvil en el cine”, etc., etc.

Era evidente que habían cometido un error, pero, ¿cómo subsanarlo? Había que fomentar la tertulia familiar, el encuentro, el trato, la conversación directa.

La solución: “Volar en casa”. Esto es, cuando estuvieran con otros en casa: “Todos en modo avión”, fue la orden tajante. A partir de ese momento las cosas cambiaron radicalmente. Volvieron a mirarse a la cara, sonreían, se hacían pequeñas bromas, contaban lo que les había sucedido durante el día; los mayores se preocupaban de los pequeños, cada uno con su encargo, y los padres rendidos y felices se iban a dormir, con el día pleno de realidades menudas que, junto al sacrificio, conllevan alegrías siempre nuevas.

Los Reyes del siguiente año fueron distintos.  Un texto de hace ya un cierto tiempo del papa Francisco, con una palabra sinónima de camaradería, vino en ayuda de lo que pensaban los padres al respecto: “La convivialidad es el termómetro para medir la salud de las relaciones en la familia”.

 

 

 

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