La historia del abuelo

Llevaban horas siguiéndome la pista. Yo era un simple soldado. Ya no podía más. Sabía que si me capturaban me torturarían para que cantara dónde estaban emplazadas las baterías. El sol declinaba por el horizonte. La visibilidad disminuía a pasos agigantados. Había que hacer algo. Enfrente el mar, bañando el acantilado donde me hallaba, con la acompasada música de las olas que vienen y van. Una cuerda abandonada y un peñasco me dieron la idea. Había que hacer rapel. No tenía tiempo que perder. A lo lejos se oían los ladridos de los perros que habían olido la presa. Suerte que en mi pequeña mochila llevaba una navaja y un par de mosquetones. A toda prisa fijé la cuerda por un extremo, corté un pedazo para hacerme un arnés y preparé el conjunto para el descenso por una pared casi vertical. La cuerda deslizaba bien, pero a todas luces no tenía la longitud adecuada. Ya no daba más de sí. Había que tomar una decisión. Sabía que yo no era el dueño de mi vida . Que no podía acabar con ella voluntariamente. Pero estaban a punto de cazarme. Los perros ladraban cada vez con más fuerza. La patrulla ya estaba en lo alto del acantilado dotada de linternas. En ese momento perdí el control. Tuve que cortar la cuerda pues notaba cómo habían empezado ya a izarme. Y entonces fue cuando caí resbalando por la pared hasta golpear con un saliente inclinado que me impulsó hacia el interior de lo que podía ser un refugio de aves. La suerte estaba conmigo. ¿La suerte? No, la providencia que, justo en ese momento, me hizo impulsar instintivamente una piedra de la oquedad que cayó al fondo con gran estrépito. Las linternas apuntaron inmediatamente a los círculos concéntricos que se habían formado en un pequeño lago entre rompientes de las olas. Esperaron por ver si me veían salir. Al cabo de muy poco tiempo me dieron por muerto. Y así pasé en el refugio de aves hasta la media noche, aterido de frío, protegiéndome con la manta que siempre llevaba conmigo en mi pequeña mochila, hasta que unos hombres vestidos de negro me bajaron a una balsa que surcó en dirección hacia la fragata salvadora.

Así contaba el abuelo a sus nietos una y otra vez su experiencia más impactante de la Segunda Guerra Mundial.

Cuando el abuelo solo les hablaba de la suerte que había tenido, los nietos le corregían:

—Abuelo, ¡la providencia, la providencia! No cambies la historia.

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