La partida

El maestro internacional había concretado el día y la hora de una exhibición de partidas simultáneas de ajedrez contra veinticinco tableros. El acontecimiento estaba anunciado en carteles de la localidad, para que los aficionados al noble juego pudieran medirse con el campeón. La expectación era grande. Máxima en el Club de Ajedrez, cuyos miembros (unos pocos) soñaban con ganarle, o al menos hacer tablas.

Cuando se juega una partida en simultáneas no se trata de una partida normal. Los tableros se disponen de forma rectangular o circular. A un lado, los participantes, todos con piezas negras, y al otro, el maestro con piezas blancas. Este puede moverse libremente de un tablero al siguiente y pensar delante de cada tablero el tiempo que quiera; mientras que los participantes deben jugar obligatoriamente cuando el maestro, habiendo dado una vuelta completa jugando con los demás, se presenta de nuevo ante ellos.

En esa ocasión los miembros del Club tenían derecho prioritario para jugar, ya que el Club organizaba el evento. Muchos declinaron. Les parecía “humillante” jugar en una simultánea. Una partida mano a mano sería otra cosa… El hecho es que quedaron tableros vacíos. Los organizadores se empezaron a poner nerviosos. No debería pasar tal cosa. ¡Qué afrenta para el campeón! ¡Qué desprestigio para la organización! Al fin, después de mucho buscar y rogar, se completaron los veinticinco tableros. El último, fue cubierto por un joven desconocido. Y dio comienzo la sesión de simultáneas.

El campeón jugó —como primera jugada— la misma para todos los tableros: avanzó dos casillas el peón de Rey blanco. Los participantes iban respondiendo con jugadas estudiadas en los libros de aperturas (los del Club), o con jugadas poco usuales o muy extrañas (los demás). Conforme pasaba el tiempo, los Reyes negros iban cayendo. Unos, muy rápidamente; otros, luchando en posiciones desesperadas hasta el abandono.

El público seguía las diferentes partidas detrás de los participantes. Cuando uno de ellos perdía, el grupo que seguía la partida se trasladaba a la de otro jugador que todavía mantenía su Rey en alto. El campeón iba sumando victorias. Tan solo quedaban tres participantes que aguantaban el juego del maestro: dos miembros del Club y el joven que cazaron a lazo para cubrir el tablero veinticinco. Precisamente en ese tablero sucedió algo inusitado.

Tras perder el peón de Torre de Dama negro, el joven respondió con una jugada de la que se derivaba —en dos jugadas más— la pérdida inevitable de la Dama blanca. El campeón se quedó lívido cuando se percató de las consecuencias de ese movimiento. La gente se iba arremolinando detrás del tablero. Todos querían seguir lo que estaba pasando. Si alguien estaba nervioso era el joven desconocido, cuando se dio cuenta del alcance de su jugada, que no había previsto, como confesó más tarde con sencillez.

Los otros dos Reyes negros habían cedido ya al dominio blanco. Tan solo quedaba viva una partida, la del tablero veinticinco. El blanco había perdido ya su Dama, no sin antes intentar hacer el mayor daño posible. Pero la diferencia de calidad del material inclinaba la partida necesariamente a favor del negro.

La emoción crecía conforme las piezas negras iban acorralando al Rey blanco. En un momento dado el maestro se dio por vencido y tumbó su Rey. El aplauso en la sala al joven desconocido fue espontáneo y caluroso.

Ninguna expresión de contrariedad del maestro. Una amplia sonrisa en sus labios y una cierta mirada de afecto al joven se unieron a la noble felicitación que le mostró ostensiblemente, con un fuerte apretón de manos.

Lo preceptivo era que firmara la plantilla donde el joven había ido apuntando las diferentes jugadas. Y así lo hizo. También hubo fotografías.

El público estaba impresionado. El afortunado y único vencedor, convencido de que la suerte se había inclinado a su favor, iba repitiendo: “¡Qué suerte he tenido…!”, mientras los espectadores, que se mantuvieron en la sala hasta el final, se abalanzaban a darle la enhorabuena.

Los del Club de Ajedrez quisieron ficharle, pero él declinó la oferta. “Para llegar a ser un maestro en ajedrez hay que ser muy listo, tener muy buena memoria y dedicar muchas, muchas horas al juego”, les dijo.

Se ve que el joven tenía otros planes en su vida.

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