El inicio de una amistad

Alejandro tenía verdadera necesidad para llegar puntual a una reunión de trabajo en una determinada ciudad a la que debía trasladarse. No había previsto la larga cola delante de la ventanilla de los billetes de autobús. Parecía como si todo el mundo se hubiera puesto de acuerdo para viajar esa mañana a la misma hora.

Para mayor complicación, la máquina automática expendedora de billetes parecía estar averiada. Había quienes, dejando la fila, se aventuraban a sacar el billete en la máquina sin conseguirlo. Lograr el billete a tiempo (faltaban pocos minutos para la salida) era tarea casi imposible. La gente se resistía a dejar pasar a nadie. Se ve que todos tenían la misma urgencia… si bien Alejandro sabía que la culpa era claramente suya, por no haber comprado el billete por Internet.

Se le ocurrió pedir a la persona que tenía justamente delante —un desconocido—que le guardara el sitio, pues estaba convencido de que él sí que era capaz de sacar un billete en la máquina.  Después de un par de intentos, cabizbajo, volvió a su lugar, no sin dejar de dar las gracias a quien había aceptado ser por momentos centinela de su plaza. No había duda: la máquina estaba realmente estropeada.

Alejandro y el desconocido se iban poniendo cada vez más nerviosos, conforme la manilla del reloj de la estación iba acercándose inapelable a la hora de salida. Por lo que aquél decidió telefonear con su móvil a Ricardo, buen amigo suyo, pidiéndole el inmenso favor de “si podía llevarle en su coche” a la ciudad de destino.

La verdad es que su amigo se portó de cine. A los diez minutos, aparecía en un coche deportivo, en el lugar convenido para recogerle, con la sorpresa para él de que eran dos —y no una— las personas que tenía que llevar: Alejandro y un desconocido.

Alejandro explicó a su amigo en un aparte —antes de subir al coche y después de agradecerle el detalle— quién era el segundo pasajero: una persona que se encontraba en la cola con la misma angustia que él; que le había hecho un favor; que había escuchado la conversación (Alejandro siempre ponía el altavoz del móvil a todo trapo) y a la que no había sabido decir que no a su petición.

Subieron los tres al bólido, nombre éste que mejor encaja con la historia, como luego se verá. El desconocido se sentó en el asiento posterior derecho, mientras que Alejandro hizo de copiloto, tratando de dar conversación sin mucho éxito, con ánimo de romper el hielo.

Los ocupantes del vehículo veían durante todo el trayecto que el paisaje desaparecía a una velocidad a la que los dos pasajeros no estaban acostumbrados. Ambos pensaban lo mismo: “¿Quién pagará las multas?”, además de: “¿Saldremos bien de ésta?”.

En más de una ocasión el acompañante desconocido soltaba al conductor, desde su asiento, frases como estas: “A ti te debe gustar mucho la Fórmula I…, ¿verdad?”, o bien, “Seguramente te gustaría llegar a ser un Fittipaldi”, sin que éste respondiera palabra alguna. Los rostros lo decían todo.

Llegaron sin mayores sobresaltos al destino. Alejandro y el pasajero anónimo se despidieron agradecidos de Ricardo, quien no dio importancia a su gesta, y a quien vieron partir de regreso como si participara en una carrera de rally. Nunca ambos habían hecho el trayecto entre las dos ciudades en ese tiempo récord.

Y entonces fue cuando se presentaron, decidieron intercambiar direcciones y se pusieron a conversar ampliamente. Eso sí: mirando de vez en cuando el reloj para no llegar tarde a las citas respectivas.

Resulta que tenían amigos comunes. Acordaron que invitarían un día al conductor a un buen restaurante, en agradecimiento a su desinteresada ayuda. Satisfechos, los dos se despidieron y llegaron puntuales a sus reuniones.

Y fue en la comida acordada cuando se forjó el inicio de una sólida amistad entre Alejandro y el ya no desconocido pasajero. Todo gracias a unos favores, a la generosidad de Ricardo y, también en parte, al altavoz del móvil.

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