Hambre y sed

—Cielo, ¿cómo ha podido haber hecho una cosa así?

La indignación recorría todo el ser del marido. No le cabía en la cabeza que el vecino hubiera abandonado a su gato durante el fin de semana. Si lo hubiera sabido antes, él se habría ofrecido para acogerlo y no dejarlo solo. Pues no. Pudo más la precipitación, el ansia por disfrutar al máximo de ese par de días que acordarse de ese animalito de pelo blanco que runrunea cuando se le pasa suavemente la mano.

A su regreso, el vecino se percató de su olvido. La mirada recriminadora del felino era suficientemente expresiva. Tanto el gran cuenco de arroz con leche, vacío, como el plato grande con comida para gatos, absolutamente lamido, eran testigos elocuentes de su descuido. Inmediatamente hizo un par de caricias a su mascota y le dio de beber en un plato hondo. A continuación, sacó  de la nevera más arroz con leche, al tiempo que seguía acariciando al pobre animal como si le estuviera pidiendo perdón.

Rápidamente pasó a la casa vecina para justificarse. Estaba seguro que habrían oído los maullidos del gato. Toda su exposición fue una defensa de su mal comportamiento, como si su vecino fuera el juez que le tuviera que juzgar. No estaba muy lejos de que este pensamiento se hiciera realidad, pues el marido, mientras su vecino hablaba, le iba dando vueltas a la idea de denunciarle por maltrato animal, aunque se la quitó de la cabeza. Lo único que el vecino escuchó de la pareja es que, efectivamente, estos habían oído maullidos, pero no pensaron que el gato estaba abandonado.

Cuando aquél se marchó, su mujer —que había estado siguiendo la conversación, aunque lo que más le interesaba eran las noticias del periódico del día— le sorprendió con la siguiente pregunta:

—¿Te has enterado que ha fallecido de inanición y de sed un hombre, que llevaba once años en estado casi vegetativo, por haberle retirado la alimentación e hidratación artificiales, justamente hoy hace nueve días? ¿La causa?  Una orden judicial.

El marido no se lo esperaba. “¡Qué contraste!”, pensó él. Hacía tiempo que estaba considerando el tema. “Si el Estado toma esta clase de decisiones, estamos perdidos”, seguía reflexionando. “¿Por qué se retira esa ayuda necesaria para seguir con vida?: ¿por piedad con el enfermo?, ¿porque cuesta dinero mantenerlo?, ¿porque es cansado ocuparse de él?, ¿porque hacen falta camas en el hospital?, ¿por interés de algún familiar?… De extenderse esa mentalidad, ¿qué garantía vamos a tener de que pongan todos los medios para salir adelante de un cáncer, o de unos riñones que no funcionan, o de cualquier otra enfermedad grave?”. Bien sabía él en este caso que parte de la familia quería mantenerlo vivo mientras tolerara la alimentación y la hidratación.

—Alimentar y dar de beber es lo mínimo que se debe hacer con cualquier animal, y, ya no digamos, si se trata de una persona—, sentenció el marido—.  Cielo, ¿tú qué opinas?

 —Lo mismo que tú, cariño.

En ese momento el gato del vecino lanzó un maullido de felicidad.

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