Paloma

Es uno de los nombres de mujer más bonitos. Pero este relato no tiene nada que ver con la estética de los nombres de pila ni con mis gustos personales.

Paloma era una azafata veterana de una Compañía aérea del país. Ya habrá fallecido, o quizá estará en esa indeterminada edad a la que llegan las mujeres, más capaces que los hombres a la hora de valerse por sí mismas.

Su historia me enganchó desde el primer momento. Me contaron que ella quería ser azafata. Los que la conocieron aseguran que tenía la altura adecuada, los idiomas necesarios, la alegría de conocer mundo, y, por encima de todo, buena presencia.

Paloma tuvo que vencer la resistencia de su padre cuando le comunicó que había decidido seguir ese camino profesional.  Lo único que le dijo su madre al lograr el consentimiento fue:

—Hija, no te olvides de llamarme cuando hayas aterrizado.

Los amigos de su cuadrilla se alegraron mucho con su decisión. Uno de ellos, el bromista del grupo, se le ocurrió decir:

—Paloma, no me extraña que quieras ser azafata. Las palomas vuelan, ¿o no?

Los vuelos nacionales llegaron a ser para Paloma casi un pasatiempo.  Otra cosa habría que decir de los internacionales. En algunos vuelos de largo recorrido sin escala, no tenía prácticamente respiro alguno. Tan pronto bajaba ella del avión de ida, estaba dispuesto todo para despegar con el avión de vuelta. Y ya, de regreso en su casa, perdía la noción de dónde realmente se encontraba. Suerte que en esos casos la Compañía le daba una semana de descanso, a parte del sustancioso sueldo mensual.

A lo largo de sus muchos años de servicio se fue ganando la confianza de las tripulaciones; también de los pasajeros que hacían viajes regulares. De estos llegaba a aprender sus nombres, sus preferencias, sus manías, mas siempre ella con la sonrisa en los labios, educada, elegante, sin dar pie a tonterías con los viajeros varones que intentaban pegar la hebra.

No pensaba en casarse todavía, recién estrenada de azafata, aunque no lo descartaba. Volcaba su afectividad en todas las personas a las que podía ayudar en algo, por pequeña cosa que fuera. Más adelante se dedicó a cuidar de sus padres ancianos.

De todos los favores prestados, el más relevante era, sin dudar, haber hecho de “paloma mensajera” en numerosas ocasiones. En los países de régimen autoritario, con los que no se podía comunicar por teléfono o por carta —a causa de la censura—, Paloma aprovechaba la escala para recabar información sobre familiares de los que sus allegados “del otro lado” llevaban tiempo sin saber nada. Al regresar de sus viajes, les transmitía a estos lo que había averiguado de aquellos, siendo para unos y otros un gran consuelo.

Cuando se jubiló, seguía haciendo favores, aprovechando su estatus de azafata veterana. En la Compañía contaba con muchos compañeros que la admiraban y querían.

—Paloma, ¿me puedes conseguir un billete para…?—  y ella empezaba a mover rápidamente los hilos hasta lograr lo que le pedían. Paloma no fallaba nunca en sus vuelos.

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