Los grandes olvidados

—Don Marcelo, ¿qué hace usted aquí sentado en este banco? —preguntó el joven a un sacerdote de una cierta edad.

—Pues ya lo ves, hijo, rezando. No me dejan entrar en ese Hospital. Y eso que voy protegido con la mejor de las mascarillas. ¡Pues nada! Dicen que no hago falta. Que mi labor es cosa del pasado. Que lo importante es salvar vidas… Eso mismo les digo yo, pero no me entienden o no me quieren entender. Cuando consigo contarles lo felices que se ponen los pacientes de la Covid al verme no quieren seguir escuchando y se despiden rápidamente, invocando una urgencia inesperada.

—¡Qué pena! Pues a mí me gustaría recibir su visita si estuviera en esos trances. Podría contarle mis preocupaciones, podría usted escucharme en confesión, podría recibir yo el perdón de Dios y luego una paz difícil de explicar.

—Esto es así, pero las cosas están como están. Muy pocos piensan en nosotros, los curas. Solo cuando salen noticias verdaderamente abominables de algunos pocos haciendo mucho daño. Pero la mayoría de mis compañeros es gente muy santa, admirable. Como botón de muestra, me acaba de llegar la noticia de un sacerdote argentino, amigo mío, entregado a la labor en unas chabolas de Buenos Aires. Ha fallecido de coronavirus.

—¡Vaya!, con la escasez de curas que hay en el mundo…

—No somos robots ni una agrupación de millones de células unidas al azar. Somos seres humanos con alma y corazón. Lo más importante de la vida no está sujeto a medidas experimentales, cuanto más importante más invisible: Dios, la libertad, el amor, la conciencia, y un largo etcétera. Existe una Covid del alma para la que hace mucho tiempo funcionan las vacunas de una eficacia extraordinaria, sin temor a efectos secundarios.

—Ya sé de lo que me está hablando, D. Marcelo. Por cierto, ¿cuándo comienza el curso de preparación matrimonial? Como usted sabe…

—Bien lo sé yo. ¡Menuda novia te has agenciado! Es una chica fantástica. No sé si te la mereces…

—La verdad es que yo tampoco lo sé. Pero no sabría vivir sin ella.

—¿Y si tuviera ella un accidente con el que perdiera alguno de los dones que más te atraen?

—¡Dios no lo permita! Pero… la seguiría queriendo igual. Me corrijo… la querría muchísimo más.

—Son las ocho. La gente sale a los balcones a aplaudir.

—Me uno a sus aplausos en los que está usted incluido y todos los que son como usted—. El joven se puso a aplaudir con efusión, dirigiendo su vista al sacerdote que bajaba la suya con el rosario entre sus manos.

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