El sobre

Antiguamente —y todavía ahora— en la entrada de las casas de pisos era muy corriente ver los buzones de la correspondencia con el nombre del inquilino y la indicación del piso. Los correos electrónicos han hecho menos útiles la presencia de esos cajetines con llave, por los que asomaban cartas, folletos y hasta hojas publicitarias. El hecho es, que un buen día a un inquilino de una casa de un barrio de clase media le llegó una carta con un remite ininteligible. Estaba indudablemente dirigida a él y convenientemente matasellada. Con nombre completo y dirección correcta. Todo escrito a mano.

Los trazos le resultaron familiares. Sin duda eran de Pedro Luis, un antiguo compañero de colegio, muy buen amigo suyo, con quien se estuvo carteando un cierto tiempo desde que sus ocupaciones les alejaron el uno del otro.

Se le ocurrió abrir la carta para ver qué decía, pero cambió repentinamente de idea: “¿Y si era para pedirle dinero por una quiebra súbita desconocida? ¿O para contarle una situación familiar desgraciada que le obligara a un viaje imprevisto?”.

Empezó a inquietarse. Es verdad que habían sido amigos de pequeños y que esas amistades no se olvidan, pero la falta de trato en tanto tiempo había enfriado en él esa amistad desinteresada, infantil, hasta convertirla en un agradable recuerdo del pasado.

Seguía dudando sin saber qué hacer: “Si leo la carta, su contenido puede comprometerme a hacer cosas que me pueden costar; lo mejor, romperla sin leer y así no me entero de nada

Al final lo decidió a suertes: “Si la primera llamada que reciba en el móvil es de un hombre, rompo el sobre, y si es de una mujer, lo abro y leo su contenido”.

No tardó el móvil en sonar. ¿El número?… desconocido. Al aceptar, oyó una voz varonil que le decía, de forma entrecortada e imperativa, sin ni siquiera decir quién era ni preguntar con quién hablaba: “¡No se le ocurra romper la carta…!”. Y se cortó la llamada.

No se lo esperaba. “¡Menudo dilema! ¿Debía o no debía romper la carta?”. La voz le indicaba lo contrario de lo que él se había propuesto hacer. Pero era una voz de varón…

Se le ocurrió guardar la carta en un cajón sin leerla y se puso a reflexionar. Al poco volvió a sonar el móvil. Se empezó a poner nervioso. Aceptó la llamada y se entabló la siguiente conversación:

—Le acabo de llamar. Perdone que se haya colgado el teléfono. Es culpa mía. Me quedé sin batería. Llamo desde mi móvil de repuesto.

—No se preocupe… Pero… ¿Quién es usted?

—Ya se lo diré. Le he llamado porque seguramente usted habrá recibido una carta de Pedro Luis, su amigo de infancia, de quien soy administrador de todos sus bienes.

—Efectivamente…

—Me ha costado mucho localizarle. Pues bien… lamento comunicarle que su amigo ha fallecido hace una semana. Pedro Luis llevaba tiempo intuyendo el desenlace y quiso despedirse de usted sin conseguirlo. Siempre me decía que había sido su mejor amigo. Como sabrá no tenía a nadie. Por eso ha querido dejarle parte de su fortuna. El resto, nada despreciable, para obras de caridad. Las instrucciones están escritas en un papel de su puño y letra con su firma, dentro del sobre que ha recibido. Él quería que le enviara una copia, pero por error introduje en el sobre el original y perdí la copia. Dos hechos imperdonables de los que me siento verdaderamente avergonzado. Espero que no haya hecho añicos el sobre con su interior…

—… ¡Tranquilícese! La verdad es que he estado a punto de romperlo. ¡Pobre Pedro Luis! ¡Cuánto tengo todavía que aprender de él! ¡Él sí que era un hombre verdaderamente noble y generoso! Yo en cambio, me he vuelto suspicaz y egoísta.

—Pues no era ésta la imagen que tenía su amigo de usted. Saludos cordiales. Disculpe mis errores y… ¡enhorabuena! En la carta están mis datos para contactar. Mi nombre es…

Se quedó largo tiempo pensativo, y mientras abría el sobre se puso a tratar de recordar el nombre de una ONG que le había llamado la atención por su labor con los emigrantes.

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