El robo

Sucedió a media mañana, según contó Pedro a su mujer con los dos hijos reunidos en torno a la mesa del comedor. Ese día los chicos habían vuelto pronto del colegio. Les habían dado fiesta por la tarde, así que podían comer todos en familia. La mesa estaba ya preparada. El arroz pedía un poco más de tiempo.

Al padre se le notaba una cierta inquietud al entrar en el hogar, un tanto disimulada por la sonrisa y los saludos habituales. Tenía dicho a su mujer que no le permitiera mostrar un semblante tristón en casa, y, si éste fuera el caso, que le advirtiera con el inicio de un suave carraspeo.

Antes de que ella pudiera poner en práctica la señal convenida, Pedro soltó de corrido el motivo de su preocupación.

—María, me ha desaparecido el móvil.

No quería Pedro utilizar el verbo robar, que esto fue lo que comprendió de inmediato su mujer (y realmente sucedió) por el gesto que hizo aquel con la mano.

—Cariño, no te preocupes— le dijo tratando de tranquilizarlo—. No valía gran cosa. Seguro que los Reyes Magos, que son tan buenos, te pueden traer otro mejor, sin esperar al seis de enero.

Esto lo decía mirando de reojo al pequeño.

—Es que… Es como si me hubieran quitado la vida— afirmó vehemente Pedro.

—¿Cómo dices? — respondió rápida la mujer, al tiempo que intentaba distraer a los chicos de la conversación.

—Hijos, ¿podéis ir a la cocina para ver cómo está el arroz.

Estrategia fallida. Nadie se movió de su asiento.

—He dicho la vida —continuó el marido, ya en un tono más normal— porque he perdido todos mis contactos: teléfonos, correos electrónicos, direcciones, anotaciones, el calendario…. ¡Un verdadero desastre!

—Pensaba que tu vida era yo…— dijo zalamera la mujer—. Pero, seguro que los tendrás en el ordenador de la casa, perfectamente actualizados…

—No, no los tengo— contestó el marido avergonzado.

En estas, terció el hijo mayor.

—Papá, me tienes que perdonar. Ayer en el cole, en clase de Info, nos enseñaron a guardar todos los datos de un móvil en el ordenador. Anoté los pasos a dar. Como todavía no tengo móvil, se me ocurrió practicar por la tarde con el tuyo, antes de que regresaras. Te lo habías dejado en el mueble del recibidor. Me imaginé cuál podría ser tu clave y acerté. ¡Todo está salvado!

Pedro dio un fuerte suspiro de alivio. Era como si volviera a revivir.

—¿Cómo supiste mi clave?, geniecillo— interrogó al futuro informático de la familia. Y sin esperar respuesta le preguntó a su mujer:

—María, ¿sabes a qué hora echan por la tele el partido de Osasuna? —mientras chocaba los cinco con su hijo mayor.

—Pedro, no tengo ni idea. Olvidemos el asunto. Todo resuelto. Ahora lo que hay que hacer es empezar a comer cuanto antes. Que no se nos enfríe el arroz. ¿A quién le toca hoy bendecir la mesa?

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