Un cuento de Navidad

Tenían prisa por llegar. El flamante portero del Gran Hotel les ayudó a bajar del taxi y, de modo ceremonioso, les fue acompañando a recepción. Durante el breve trayecto se fijó en el estado de buena esperanza de ella y en el nerviosismo de él. No llevaban maletas. La curiosidad pudo más. Se quedó cerca del mostrador, simulando buscar un número de teléfono en la guía. Y así pudo ser testigo de la siguiente conversación:

—Buenas tardes. Mi mujer y yo necesitamos una habitación para pasar esta noche.

—Buenas tardes, y bienvenidos al Gran Hotel. ¿Sus documentos de identidad?

El marido se los entregó con rapidez. El encargado de recepción los miró y marcó un número en el teléfono interior. Tras una corta conversación, de la que solo entendieron lo que aquel hablaba, el encargado les pidió que tuvieran paciencia. Estaban averiguando si tenían una habitación libre y, en su caso, debería él escanear los carnets y enviarlos por correo electrónico a la Policía. Eran las medidas de seguridad que se habían tomado —les dijo— pues se esperaban la llegada de un importante Jeque árabe.

La mujer se sentó en el sofá más cercano. Se le notaba un aspecto de mucho cansancio. Un sudor perlaba su frente.

 —Disculpe que me atreva a preguntarle: Su señora, ¿no irá a dar a luz ahora…? ¿Aquí…?

—Por eso le estamos pidiendo una habitación a la mayor brevedad posible. Pensamos que el parto es inminente. Tendremos que pedir una ambulancia medicalizada. Ella siente que el niño —pues va a ser niño, ¿sabe? — está ya en posición. Los dolores son cada vez más fuertes.

 —Lamento decirles que en este caso deberán marcharse a la mayor brevedad posible. Sería un descrédito para el Hotel que un niño naciera delante del mostrador. Nos quitaría futuros clientes. Por si no se ha dado cuenta, este Hotel es de cinco estrellas. Debemos evitar a nuestros huéspedes cualquier sobresalto que les pueda perturbar. Ellos buscan la paz a toda costa…

—Luego, ¿no nos podemos quedar?

—Usted mismo lo acaba de decir. Si desea le pido un taxi para que les lleve a Urgencias o, si prefieren, al Hospital más cercano.

—¡No puede ser! Mi mujer podría dar a luz en el vehículo. ¿Sabe lo que significa esto? Peligro cierto de pérdida de sangre incontrolada. ¡No nos moveremos de aquí!

—Caballero, tendré que llamar a la Policía…

—¡Llame a quien quiera! ¡No nos moverán!, como aquella canción de protesta que sonaba hacía ya un montón de años.

—Si usted lo desea…

Así acabó la conversación. Se hizo un silencio total. Solo se escuchaban en la lejanía unos villancicos. Era el hilo musical del Gran Salón, ambientado por canciones alusivas a esta época del año, a pocos días de la Navidad. El padre se puso a hacer unas llamadas con el móvil.

La angustia de la pareja crecía. Esperaban ver entrar por la puerta, de un momento a otro, a una pareja de policías preguntando por ellos. De otra parte, era claro que el parto estaba en su inicio. La mujer había roto aguas.

Afortunadamente, junto con las dos jóvenes policías, habían acudido a las llamadas del padre una joven doctora y una enfermera, con el equipo médico imprescindible para estas emergencias. El director del Hotel, se personó al enterarse de la situación, y dio instrucciones para que no dejaran pasar a nadie, con la excusa de que había una inspección policial de seguridad. Seguidamente los empleados, cumpliendo órdenes,  rodearon el sofá con mamparas, acercaron la luz de pie más potente que tenían a mano y uno de ellos puso los villancicos a todo volumen.

Mientras el niño y la madre luchaban por la nueva vida, el padre se iba fijando en las figuras del bonito Nacimiento de la entrada, Jesús, María y José, mientras iba diciendo para sus adentros: “También para vosotros no hubo posada…”

Los lloros del niño se juntaron con los villancicos. Todos subieron en ascensores a la segunda suite de mayor lujo, la única habitación que estaba libre. A la madre con el niño los trasladaron con mucho cuidado, con sofá incluido.

El director del Hotel pidió disculpas por el comportamiento del encargado de recepción, garantizando a la pareja que no les cobraría nada por esa noche. La felicidad inundaba a todos cuantos habían presenciado el milagro de la vida. Los padres no cabían en sí de gozo con su primer hijo. No paraban de dar gracias a Dios y a todos, sin olvidar al portero curioso que les había acompañado al mostrador.

Cuando el Jeque árabe entró en el Gran Hotel con su escolta, se sorprendió de que le recibieran con unos villancicos a todo volumen. Al día siguiente se quejó en recepción de que en su suite imperial se oían los lloros de un niño de la suite vecina.

 

 

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