La muralla

Este era un pueblo peculiar, separado de las tierras vecinas por un muro elevado e impenetrable, al que todos llamábamos “La muralla”. En un lugar de la pared se abría un pasadizo con ramales en una sola dirección: de los pueblos próximos al nuestro. Por ellos iban entrando, cada cierto tiempo, moradores de la comarca con una mezcla de angustia y alivio en sus rostros.

No eran capaces de hablar con nosotros. La diferencia lingüística era abismal. Tan solo algunos hacían gestos ininteligibles al ser preguntados sobre qué les había sucedido; el resto ni siquiera eso.

Lo primero que procedía hacer era tranquilizarles, curarles sus heridas, darles de comer y abrigo, un lugar para vivir y comenzar a enseñarles con paciencia nuestro idioma y nuestras costumbres. Nosotros, que ya llevábamos un cierto tiempo en el pueblo, estábamos seriamente preocupados, no solo por lo que íbamos viendo sino también porque nos parecía haber vivido cada uno una situación parecida.

Teníamos recuerdos confusos de nuestra llegada al pueblo. Una especie de amnesia colectiva. Nos consta que fuimos tratados como ahora tratamos a los nuevos habitantes. Los más ancianos nos aseguraban que todos habíamos llegado por ese pasadizo de un modo parecido, pero… “¿Sería verdad?”.

“¿Qué pasa detrás de la muralla?”. Ninguno sabíamos contestar a esta pregunta. Como el camino inverso, de nuestra población a cualquiera de las vecinas, estaba absolutamente impedido, no podíamos relacionarnos directamente con quienes vivían allende el muro. Además, estaban cortadas todas las comunicaciones. Y seguían llegando más y más personas, con el alivio de saberse a salvo, aunque sin poder explicar el horror sufrido.

El misterio crecía conforme pasaba el tiempo. Nosotros, los que estábamos en condiciones, nos reuníamos en grupo, discutiendo sobre el tema, como ya lo habían hecho los más ancianos en su tiempo, sin llegar a ninguna conclusión. Hablábamos todos, pero no dábamos con una respuesta coherente. Los más osados planteaban saltar la muralla, pero enseguida comprendían que eso no era posible.

Es de saber que la ley máxima por la que se rige nuestro pueblo era: “Respetar la vida de todos sus habitantes, con independencia de su raza, religión, edad, salud, dinero o tendencias políticas”. Nuestros ciudadanos se encontraban seguros.

“¿Será que las gentes de los pueblos vecinos no viven según nuestra ley máxima?”.

Esta pregunta se le ocurrió al más listo del pueblo, que había estado en todo momento callado y pensativo. Cayó como un rayo del cielo, o mejor, fue como un relámpago que ilumina la noche cerrada y arrastra tras de sí la atronadora respuesta. Con ella se consolidó su fama.

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